Queridos hermanos: Cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza.  Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Este es mi Hijo amado, mi predilecto.» Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con Él en la montaña sagrada.  Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. «Palabra de Dios. Te alabamos Señor»

SALMO RESPONSORIAL

Sal 97(96), 1-2. 5-6. 9

R/. El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono. /R.

Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria. /R.

Porque tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses. /R.

EVANGELIO

Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo mi complacencia. Escúchenlo.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 9, 28b-36

En cierta ocasión llamó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago, y subió con ellos al monte a orar. Y mientras estaba orando, el aspecto de su rostro se transformó, y su vestidura quedó blanca y deslumbrante. De pronto dos personajes empezaron a hablar con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron rodeados de gloria y hablaban de la partida de Jesús de este mundo, que iba a cumplirse en Jerusalén. Y aunque Pedro y sus dos compañeros estaban con mucho sueño, pudieron mantenerse despiertos y vieron su gloria y a los dos personajes que estaban con él. Y cuando ya estaban estos para irse, le dijo Pedro a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno que estemos nosotros aquí! Vamos a hacer tres enramadas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Es que no sabía lo que decía. Todavía estaba él hablando, cuando apareció una nube que se posó sobre ellos. Y al quedar envueltos en la nube, se llenaron de miedo. Entonces se oyó una voz que salía de la nube y decía: «Éste es mi Hijo, mi elegido. Escúchenlo a él.» Y cuando dejó de oírse la voz, quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y de momento no contaron a nadie nada de lo que habían visto. «Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús»

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