Página Litúrgica

PADRE JOSÉ MARÍA DE MIGUEL GONZÁLEZ. (O.SS.T)
Doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma.
Vicedecano de la Facultad de Teología – Universidad Pontificia de Salamanca
Catedrático de Liturgia y Sacramentos
Colaborador y escritor de Minutos de Amor


PUESTO DE LA LITURGIA EN LA COMUNIDAD CRISTIANA

Poco antes de morir, Juan Pablo II en la Carta apostólica “Spiritus et Sponsa”(4-12-2003), con motivo de los cuarenta años de la aprobación de la constitución de sagrada liturgia del concilio Vaticano II, puso de relieve la importancia del tema que hoy nos reúne aquí: “Mirando al futuro, son múltiples los desafíos a los que la liturgia debe responder. En efecto, a lo largo de estos cuarenta años, la sociedad ha sufrido cambios profundos… Tenemos ante nosotros un mundo en el que, incluso en las regiones de antigua tradición cristiana, los signos del Evangelio se van atenuando. Es tiempo de nueva evangelización. La liturgia se ve interpelada directamente por este desafío. A primera vista, parece quedar marginada por una sociedad ampliamente secularizada. Pero es un hecho indiscutible que, a pesar de la secularización, en nuestro tiempo está emergiendo, de diversas formas, una renovada necesidad de espiritualidad… Ante este anhelo de encuentro con Dios, la liturgia ofrece la respuesta más profunda y eficaz” (n. 11)

Pues bien, para saber el lugar que ocupa la liturgia en la comunidad tenemos que averiguar lo que entendemos por liturgia y por comunidad cristiana, y las implicaciones prácticas que se derivan de su íntima relación.


1. ¿Qué se entiende por liturgia?

Si muchos no aprecian la liturgia, es sin duda porque no conocen lo que en ella se celebra. Y al contrario, cuanto más profundizamos en el conocimiento de la liturgia más la valoramos. El concilio Vaticano II definió la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Cristo, que traducido significa lo siguiente: en la liturgia se realiza la obra de salvación de Cristo, lo que Cristo hizo por nosotros, o sea, el misterio de su muerte y resurrección. Cristo nos salvó ofreciéndose en sacrificio por nosotros; esta es su obra sacerdotal: la ofrenda de toda su persona en la cruz por la salvación del mundo, y la liturgia continúa a lo largo de la historia ofreciendo este mismo y único sacrificio de Cristo hasta su vuelta. Pero Cristo nos salvó con su muerte y su resurrección: el valor salvífico de la muerte de Cristo lo demostró el Padre al resucitarlo de entre los muertos. Este es el misterio pascual, el misterio que abarca indisolublemente la muerte y la resurrección del Señor, y que es el contenido de todo lo que la Iglesia celebra en su liturgia.

Como en la liturgia se hace presente la obra más grande que Dios ha realizado a favor nuestro, por eso en ella están presentes y actúan las tres Divinas Personas. Dios Padre está en el principio y origen de todo: de él procede la vida, toda vida, desde la creación del mundo hasta su consumación. La acción del Padre respecto de nosotros es como una inmensa bendición que se va desplegando a lo largo de toda la historia de la salvación. Pero las bendiciones de Dios alcanzan en Cristo su punto culminante: él nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Con la entrega de su Hijo no lo ha dado todo, y esta entrega se renueva incesantemente en cada celebración de la Eucaristía. Dios Padre está presente en la Eucaristía dándonos al Hijo como expresión suprema de sus dones, de todas sus bendiciones con que nos ha agraciado y nos agracia continuamente. En la Eucaristía nosotros respondemos bendiciendo al Padre por el Hijo con que él nos ha bendecido primero.

La liturgia es sobre todo la obra del Hijo, porque al fin y al cabo en ella celebramos el memorial de su muerte y resurrección. Todas las acciones litúrgicas de la Iglesia proceden de aquí, esta es su única fuente: el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. Pero ¿cómo es posible que aquel acontecimiento histórico que tuvo lugar el primer viernes santo de la historia pueda ser actual para nosotros hoy dos mil años después? Todos los acontecimientos históricos suceden una vez y pasan, pertenecen irremisiblemente al pasado, se pueden recordar pero no actualizar. Sólo el acontecimiento del Calvario permanece siempre actual para los cristianos, porque aquel que murió en la Cruz es el Hijo de Dios, pertenece al misterio de Dios, y por tanto participa de la eternidad de Dios que atraviesa el tiempo y domina sobre el tiempo. Sólo porque Jesús es el Verbo de Dios hecho hombre sus acciones como sus palabras no son meramente humanas, sino acciones y palabras del Hijo de Dios: es por su condición divina por lo que su muerte y resurrección, es decir, la ofrenda de su sacrificio por nuestra salvación permanece siempre actual y se hace presente en cada celebración litúrgica, especialmente de la Eucaristía y de los demás sacramentos, en los cuales quiso Jesús dejarnos el modo de participar de su obra de salvación.

Pero no sólo actúan en la liturgia el Padre y el Hijo, también el Espíritu Santo desempeña un papel fundamental. Pues él es el que prepara a la asamblea para acoger la palabra y los sacramentos; el Espíritu es el que hace que los fieles que se reúnen, cada uno con sus propios problemas, con orígenes, edades, formación, oficios y preocupaciones distintas, formen una comunidad celebrante. Si el Espíritu Santo es el lazo de amor personal entre el Padre y el Hijo, lo es también entre los miembros del pueblo de Dios, del cuerpo de Cristo que se reúnen para celebrar los sagrados misterios. La asamblea celebrante se constituye como tal gracias a la acción del Espíritu Santo. Pero además el Espíritu Santo recuerda a los reunidos las obras realizadas por Dios a lo largo de la historia de la salvación en las lecturas que se proclaman, y entre todas las obras la que Cristo realizó con su muerte y resurrección por nuestro amor. El Espíritu Santo es la memoria viva de Cristo en la Iglesia. El Espíritu Santo no sólo recuerda la obra de salvación realizada por Cristo en la ofrenda de su sacrificio, sino que por su poder esta obra se actualiza sobre el altar cuando el sacerdote pronuncia las mismas palabras de Cristo al instituir la Eucaristía en la noche de su pasión. Finalmente, el Espíritu Santo nos une al cuerpo de Cristo al participar de su cuerpo eucarístico para formar la única comunidad del Señor.

En la liturgia lo más importante es lo que hace Dios y lo que de Dios viene a nosotros: la misma gracia que descendió sobre el mundo para reconciliarlo con él en la tarde del viernes santo y en la mañana de resurrección; por eso en la celebración hay que dejar espacio a Dios, tenemos que ser conscientes de la presencia y de la acción de las tres Divinas Personas. La dimensión sagrada de la liturgia tiene que salvaguardarse siempre: en la liturgia nos las habemos con Dios directamente a través de los signos sacramentales.

Pero las acciones litúrgicas las realiza la Iglesia, es decir, la Iglesia reunida en la asamblea del pueblo de Dios presidida por su ministro. Cuanto más consciente sea la asamblea de la presencia y obra de Dios en la liturgia con más dignidad y piedad, con mayor espíritu religioso, celebrará los sagrados misterios. Todos los participantes forman la única asamblea que celebra, cada uno desempeñando el papel que le corresponde, pero todos, desde el ministro que preside en nombre de Cristo, hasta el más pequeño de los fieles presente, constituyen la única asamblea que celebra el misterio de la salvación que aquí y ahora se hace presente para nosotros en cada celebración. Ninguno está excluido de la participación, al contrario, a todos se nos invita a escuchar con atención la palabra que Dios nos dirige y a acercarnos a la sagrada mesa del banquete eucarístico: esta es la participación fundamental que se expresa también en el canto y en la oración común.


PUESTO DE LA LITURGIA EN LA COMUNIDAD CRISTIANA II

1. ¿Qué se entiende por comunidad cristiana?

“En todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien le teme y practica la justicia. Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (Lumen Gentium 9). Después de cuarenta años, este texto del concilio Vaticano II espera su recepción, o sea, su puesta en práctica. Me parece a mí que una de las deficiencias más visibles de nuestra Iglesia es que no ha logrado hacer de los fieles bautizados el pueblo de Dios; los cristianos en una gran mayoría no se sienten miembros vivos de este pueblo de Dios; incluso muchos de los miembros vivos, es decir, de los cristianos practicantes viven su pertenencia a la Iglesia por libre, sin integrarse en una comunidad. El individualismo, que es una secuela del egoísmo, sigue funcionando en la manera de vivir la fe y celebrar la liturgia: se asiste en común a la celebración de los sagrados misterios pero se es incapaz de hacer comunidad. Ahora bien, sin una comunidad viva no puede haber una liturgia viva, porque la liturgia no es la oración o celebración de unos individuos aislados, sino de una comunidad como presencia actual de la Iglesia de Jesucristo.

Para explicar el misterio de la Iglesia el apóstol San Pablo se sirve de dos imágenes: la de cuerpo y la de esposa. La Iglesia es el cuerpo de Cristo con sus diferentes miembros, unos son apóstoles, otros profetas, otros predicadores, algunos tienen el carisma de sanación, o de interpretar lenguas, otros han sido llamados al ministerio ordenado, están las vírgenes consagradas, los esposos, las viudas y viudos, los solteros y solteras. Son miembros diferentes, pero todos necesarios para que funcione armónicamente el conjunto; de este cuerpo Cristo es la cabeza de donde desciende la vida a los miembros. El Espíritu Santo es el autor de la unidad de los diferentes miembros entre sí y con Cristo cabeza; él es el que hacer circular la gracia de la cabeza a los miembros.

La otra imagen de que se sirve el Apóstol para iluminar el misterio de la Iglesia es la de esposa. Si en la imagen del cuerpo la cabeza está íntimamente ligada a los miembros formando un todo, de tal manera que no se comprende la existencia de la cabeza sola o de los miembros sin la cabeza, aquí en la figura de la esposa el Apóstol marca las distancias: la Iglesia, esposa, está ante el Esposo, la Iglesia no se confunde con Cristo, la sierva no se identifica con su Señor.

Finalmente, podemos trazar una última aproximación al misterio de la Iglesia sirviéndonos de la imagen de los círculos concéntricos: el círculo más grande y que envuelve a todos los demás es la Iglesia extendida por toda la tierra: esta sería la expresión máxima de la catolicidad, de la universalidad de la Iglesia. En un círculo más interior están las Iglesias locales en las que está presente la Iglesia católica; si ésta es presidida en la caridad por el Sucesor de Pedro, la Iglesia local, porción viva de la Iglesia de Cristo, es presidida por el Obispo en nombre de Cristo. Dentro de la diócesis las comunidades parroquiales constituyen un círculo más interior, y dentro de ellas las familias cristianas y las comunidades religiosas. Todos estos círculos descansan y giran en torno a Cristo: él es la piedra angular sobre la que se levanta todo el edificio de la Iglesia.

Así, pues, la Iglesia católica se expresa y visualiza en la Iglesia local en torno al Obispo y ésta se expresa en las distintas comunidades parroquiales. Pero la comunidad parroquial ¿dónde se manifiesta, dónde aparece como tal comunidad parroquial? Pues cuando los cristianos miembros de la comunidad se reúnen en asamblea para celebrar los sagrados misterios. Si la expresión más hermosa de la Iglesia local se da cuando los fieles se reúnen en la catedral en torno al Obispo, junto con los presbíteros y diáconos, para celebrar la Eucaristía, lo que es la comunidad parroquial se muestra cuando los miembros de la misma se reúnen los domingos en la casa del Señor para escuchar la Palabra y celebrar los sacramentos. Pero ¿qué sucede cuando, como es el caso, los domingos sólo se reúne una mínima parte de los miembros bautizados de la comunidad parroquial? Pues que el cuerpo de Cristo, representado en la comunidad parroquial reunida, queda herido por la ausencia de sus miembros. La comunidad, es decir la Iglesia, sufre cuando algunos de sus miembros, al vivir desgajados de ella, permanecen muertos, puesto que la vida de Cristo que se nos ofrece sobre todo en la participación de su Palabra y de sus Sacramentos, no circula por ellos, por los alejados, por los indiferentes.


2. La liturgia estimula el compromiso comunitario y apostólico

La constitución de liturgia del concilio Vaticano II  (Sacrosanctum Concilium) afirma que la liturgia, sobre todo la Eucaristía, es la cumbre y la fuente de toda la vida eclesial. Es cumbre en cuanto que todas las actividades de la Iglesia, sean de carácter estrictamente apostólico o sean de carácter social, asistencial, cultural, o de cualquier otra índole, ha de conducir a este encuentro con la salvación que Cristo nos alcanzó con su muerte y resurrección, encuentro que tiene lugar en la liturgia. Si los que están implicados en actividades escolares, sanitarias, asistenciales etc en nombre de la Iglesia descuidan enfocarlas como camino hacia este encuentro con Cristo en la liturgia, no cumplen con su cometido fundamental, y por tanto no cooperan a la edificación de la comunidad cristiana que sólo puede levantarse sobre Cristo. Al mismo tiempo, la liturgia es la fuente de donde mana la fuerza necesaria para llevar a cabo las tareas apostólicas y sociales, la formación de la familia, la edificación de la comunidad. Si no bebemos continuamente de esta fuente, la fe se reseca y llegará a perderse, sin ella es imposible hacer de la familia una Iglesia doméstica donde Dios sea el centro de la fe y del amor de sus miembros, sin ella la fatiga y el desánimo cundirán por la falta de respuesta de los cristianos en la edificación de la comunidad.

La liturgia cumple una función esencial de edificación en relación con los que frecuentan la celebración de la eucaristía y de los demás sacramentos; la constitución de liturgia lo expresa con estas palabras: “edifica día a día a los que están dentro para ser templo santo en el Señor y morada de Dios en el Espíritu, hasta llegar a la medida de la plenitud de la edad de Cristo” (SC 2). A los que participan en los sagrados misterios se aplican las palabras del Apóstol: “Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros estáis siendo edificados, para ser morada de Dios en el Espíritu”.  La liturgia es la acción más importante de la Iglesia para edificar la comunidad cristiana como templo santo de Dios y morada del Espíritu; esto es la Iglesia, y a esto está llamada la comunidad.

Pero la liturgia cumple una función importante hacia fuera de la propia comunidad, en cuanto robustece las fuerzas de los que la forman para anunciar y dar testimonio de Cristo a los que todavía no le conocen.


CONCLUSIÓN

En esta reflexión para Minutos de Amor hemos tratado de poner de relieve el puesto y la importancia que tiene la liturgia en el seno de la comunidad cristiana y para la edificación de la comunidad cristiana. Ahora bien, una comunidad edificada a la medida de Cristo, como cuerpo suyo, no se encierra en las cuatro paredes de la iglesia, sino que con la fuerza de la celebración tiene que construir la Iglesia fuera del templo en la familia, en el trabajo, en el ocio. La comunidad cristiana no es sólo comunidad cuando celebra los sagrados misterios sino en todo momento debe dar testimonio, como tal comunidad, de los valores evangélicos. Si hubiera más comunidades cristianas forjadas en el crisol de la liturgia no faltarían las asociaciones y grupos de laicos católicos que dejaran oír su voz en medio de esta sociedad confusa y secularizada. Pero si hoy la voz de las asociaciones católicas apenas se escucha tal vez se deba a que los católicos que van a misa no son capaces de crear comunidades vivas, y eso que “fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente”.


LA CUARESMA

La Pascua es la institución cristiana más antigua después del domingo; depende de la pascua judía, pero el motivo de su celebración es distinto, pues en el centro de esta fiesta cristiana está la muerte y resurrección del Señor.

Según el calendario romano vigente, la celebración de la Pascua comprende los siguientes momentos: 1) La Cuaresma; 2) el Triduo Sacro; 3) la Cincuentena pascual.

La Cuaresma comienza el miércoles de ceniza y concluye inmediatamente antes de la misa vespertina de la Cena del Señor del Jueves Santo; el Triduo Sacro se extiende desde esta misa hasta las segundas vísperas del domingo de Resurrección; y la Cincuentena pascual discurre entre este domingo y Pentecostés.

La cuaresma en los primeros siglos de su andadura estuvo marcada por tres hechos: la preparación pascual de la comunidad cristiana, el catecumenado y la penitencia pública.


a) Preparación de la comunidad cristiana

La cuaresma fue sobre todo un tiempo durante el cual la comunidad cristiana se preparaba a celebrar lo más dignamente posible la Muerte y Resurrección del Señor, consciente de que la Pascua es el vértice de su propia existencia, el centro donde converge la historia y el hecho que le da verdadero sentido. En esa preparación tuvieron un papel importante la oración y el ayuno, cuya finalidad era favorecer la renovación de la vida personal y comunitaria. Según el papa San León, la cuaresma es “un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a sus fieles el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales con la purificación del corazón y una práctica perfecta de vida cristiana”.


b) El catecumenado

A principios del siglo III, según atestigua la Tradición Apostólica de San Hipólito, el catecumenado duraba tres años, durante los cuales los candidatos al bautismo recibían una profunda formación doctrinal y se iniciaban en la práctica de la vida cristiana. La desaparición del catecumenado y del bautismo de adultos supuso la pérdida real de la estructura bautismal de la cuaresma; pero ésta siempre mantuvo esta inspiración, especialmente a través de algunas lecturas pertenecientes a la primitiva catequesis iniciática.


c) La penitencia pública o canónica

La cuaresma fue siempre y en todas partes un tiempo de penitencia, de ahí la importancia del ayuno, el sentido purificatorio y expiatorio de las prácticas penitenciales. Todo esto sólo se explica a la luz de la disciplina penitencial. En efecto, los penitentes, realizaban durante ella mortificaciones y prácticas piadosas, como el ayuno riguroso, la abstinencia  de carne, las limosnas y otras obras de misericordia, preparándose así a la gran reconciliación del Jueves Santo por la mañana. Cuando desapareció la penitencia canónica (siglos VI-VII), la cuaresma conservó su sentido penitencial y sirvió para que todo el pueblo cristiano, reconociéndose como comunidad de pecadores, se sometiese a privaciones, ayunos y prácticas ascéticas implorando la misericordia de Dios y el perdón de los pecados. Eso explica que una buena parte de las oraciones y prefacios de este tiempo aludan a estas prácticas penitenciales.


Miércoles de ceniza

Este día que marca el comienzo de la cuaresma, ha conservado en la liturgia renovada los elementos tradicionales, o sea, la imposición  de la ceniza y el ayuno. La bendición e imposición de la ceniza tiene lugar dentro de la misa, después de la homilía. La ceniza procede de los ramos bendecidos el domingo de la Pasión del Señor del año anterior (domingo de ramos), siguiendo una costumbre que se remonta al siglo XII. La fórmula de bendición hace referencia a la condición pecadora de quienes la recibirán, a la necesidad de conversión y al inicio de la cuaresma, pidiendo la gracia divina para que los cristianos se renueven personal y comunitariamente, preparándose así a celebrar el misterio pascual. Las dos fórmulas de imposición de la ceniza se inspiran en la Escritura (Gn 3,19 y Mc 1,15). La segunda no tiene relación, al menos directa, con el rito de la imposición, pero sí expresa  el primitivo sentido de la cuaresma: “Convertíos y creed en el Evangelio”. Unidas las dos fórmulas (la del Génesis y la de Marcos) se expondría mejor el sentido de la celebración, por ejemplo: ‘Recuerda que eres polvo y en polvo te has de convertir; por eso conviértete y cree en el Evangelio’.  El simbolismo de la ceniza es múltiple: expresa la condición débil y caduca del hombre, que camina inexorablemente hacia la muerte; la situación pecadora del hombre; la oración y súplica ardiente para que el Señor acuda en su ayuda; la resurrección, al recordar al hombre que es polvo pero destinado a participar del triunfo de Cristo; y la orientación hacia la pascua, al complementarse con el agua purificadora de la vigilia de resurrección.


Domingo de ramos

Con el domingo de ramos comienza la Semana Santa, en la cual la Iglesia celebra los misterios de la salvación realizados por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por la entrada mesiánica en Jerusalén. Durante la Edad Media, el rito de los ramos adquirió un tono dramático, revistiéndose de cantos, bendiciones y expresiones plásticas. En el misal actual, la procesión y la misa ya no son dos partes independientes sino elementos  de un todo. De hecho, ni la procesión tiene un final ni la misa un principio, pues aquélla desemboca en ésta como su rito de entrada. De este modo, el domingo de ramos se presenta como presagio del triunfo real de Cristo y anuncio de la Pasión, aspectos que han de evidenciarse tanto en la celebración como en la catequesis del día. La procesión resalta no tanto el simbolismo de las palmas y ramos cuanto el homenaje a Cristo, Mesías-Rey, y sigue el ejemplo de quienes le aclamaron como redentor de la humanidad. Según el Catecismo: “La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia se abre a la Semana Santa” (n. 560).


TRIDUO PASCUAL

El Triduo pascual comprende el tiempo que media entre la misa vespertina De la Cena del Señor y las segundas vísperas del Domingo de Resurrección. Se le denomina ‘Triduo del Crucificado, Sepultado y Resucitado’, porque conmemora estos misterios de la vida de Cristo, y Triduo pascual porque con su celebración se actualiza y realiza el misterio de la Pascua de Cristo, es decir, su tránsito de este mundo al Padre. El triduo sacro conmemora los grandes misterios salvíficos realizados por el Señor durante los últimos días de su vida: la institución de la Eucaristía, su Pasión y Muerte, y su Resurrección. Todos estos misterios forman una unidad: el Misterio pascual, que aparece en todas las celebraciones, aunque cada una acentúe alguno de sus aspectos. Este misterio es un acontecimiento absolutamente singular, que habiéndose realizado en un momento de la historia, “no puede permanecer solamente en el pasado, pues con su muerte (Cristo) destruyó nuestra muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la vida” (Catecismo, n. 1085).


a) La misa de la Cena del Señor del Jueves Santo

El Jueves Santo conmemora un triple misterio: la institución de la Eucaristía, la institución del sacerdocio y el mandato del amor fraterno. En la celebración actual destacan los siguientes elementos: 1) las oraciones expresan el significado de la celebración, insistiendo sobre el aspectos sacrificial y nupcial del banquete eucarístico. 2) Las lecturas recogen la institución de la primera pascua (Ex 12, 1-8.11-14), la institución de la eucaristía (1Cor 11,23-26), el lavatorio de los pies (Jn 13,1-15); 3) el lavatorio de los pies; 4) el prefacio de la institución de la eucaristía; 5) la concelebración. El rito del lavatorio de los pies es una catequesis sobre la eucaristía y una parábola gestual del mandamiento nuevo, un símbolo del servicio y amor de Cristo, que no ha venido a ser servido sino a servir (Mt 20,28). Durante los siglos XIII y XV se afianzó la costumbre de trasladar solemnemente las Sagradas Especies a un sagrario provisional, donde se guardaban para ser adoradas por los fieles y servir para la comunión del día siguiente. Con el desarrollo de la devoción eucarística, a mediados del siglo XIII, el sagrario provisional cobró especial relieve y aparecieron manifestaciones populares como las luces, flores etc. La desvestición del altar, al finalizar la misa, expresa simbólicamente el despojamiento de Cristo. La liturgia actual exhorta a los fieles a dedicar “algún tiempo de la noche a la adoración del Santísimo Sacramento. Si se prolonga más allá de medianoche, debe hacerse sin solemnidad”, pues ya ha comenzado el día de la Pasión del Señor.


b) La celebración del Viernes Santo en la Pasión del Señor

La Iglesia conmemora en el Viernes Santo su nacimiento del costado de Cristo en la Cruz e intercede por la salvación del mundo, a la vez que medita la Pasión de su Señor y adora la santa Cruz. La hora más apropiada para la celebración es entre las tres y las cinco de la tarde. La reforma del concilio Vaticano II ha respetado la costumbre tradicional de no celebrar la eucaristía en este día, pero ha introducido variaciones importantes. La solemne liturgia de este día tiene tres partes:

La liturgia de la Palabra (Is 52,13-53.11; Heb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1-19,42) a la que sigue la homilía y las oraciones solemnes.

La adoración de la Cruz surge en el siglo IV en Jerusalén, y entra en la liturgia romana en el siglo VII. Se muestra a los fieles desvelándola progresivamente mientras se canta tres veces el Ecce lignum crucis (‘Este es el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo’). La adoración, salvo en caso de una gran multitud, se ha de hacer personalizada, y la verdad del signo exige que sea única.

La Comunión: el rito es muy simple y sigue el esquema general de la liturgia eucarística, comenzando por la oración dominical, pero no se da el signo de la paz.


c) El Sábado Santo

“Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro de su Señor, meditando su pasión y muerte y su descenso a los infiernos; y esperando en la oración y el ayuno su resurrección”. Tradicionalmente este es un día en el que nos se celebra la eucaristía y sólo se permite la comunión en forma de viático; respecto de los demás sacramentos sólo se administran el de la penitencia y la unción de los enfermos.


d) La vigilia pascual

La vigilia pascual es la noche en la que la Iglesia celebra la resurrección del Señor con los sacramentos de la iniciación cristiana mediante los cuales los cristianos se introducen en el Misterio Pascual de Cristo, muriendo y resucitando con Él, y esperando la última y definitiva venida del Resucitado. Como la Resurrección de Cristo es el fundamento de la fe y esperanza cristianas, esta solemnidad es la más importante de todo el año litúrgico. La naturaleza y elementos celebrativos de la misma exigen que se celebre durante la noche. La vigilia pascual tiene cuatro partes:


1. La liturgia de la luz

La bendición del fuego y la bendición del cirio. El cirio encendido simboliza a Cristo, luz del mundo que, por su Resurrección, disipa las tinieblas del corazón y del espíritu. La veracidad del signo pide que sea de cera, nuevo cada año, único y relativamente grande.

La procesión con el cirio: del mismo modo que los israelitas fueron guiados durante la noche por una columna de fuego, los cristianos siguen a Cristo que los ilumina con la luz de su Resurrección en el éxodo de su vida hacia la patria definitiva. Las velas de los que celebran la vigilia se encienden en el cirio pascual, manifestando así que los cristianos son hijos de la luz, y que la luz que llevan desde su bautismo viene de Cristo. La verdad del signo pide que en este momento continúen apagadas las lámparas eléctricas.

El pregón pascual: el precioso texto de este canto se remonta a San Ambrosio. Es una pieza lírica de gran belleza y gira en torno a tres bloques: la pascua de la antigua alianza, una súplica de bendición sobre el cirio, con referencia a la resurrección en las imágenes de la llama y de la cera; y oraciones por la Iglesia y la paz del mundo.

2. La liturgia de la Palabra

La liturgia de la Palabra prepara a revivir sacramentalmente la Muerte y Resurrección de Cristo, haciendo memoria de los principales acontecimientos de la historia de la salvación. Están previstas siete lecturas del AT y dos del NT. De este modo, la Iglesia, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas” (Lc 24,27), interpreta el Misterio Pascual de Cristo. La cumbre de la liturgia de la Palabra se alcanza con la proclamación del evangelio, al que sigue siempre la homilía.

3. La liturgia bautismal

La vigilia pascual se consideró desde sus orígenes como el marco más adecuado para celebrar el Bautismo. Por eso se recomienda que en la vigilia se bauticen a niños y se culmine la iniciación cristiana de adultos. La vigilia pascual tiene siempre una liturgia bautismal, cuyos elementos principales, si no se confiere el bautismo, son los siguientes: bendición del agua y renovación de las promesas bautismales, que es ratificada con la aspersión del agua, memoria del propio bautismo.

4. La liturgia eucarística

La celebración eucarística es la cumbre de la vigilia, por ser la Eucaristía el sacramento pascual por excelencia, la memoria del sacrificio de la cruz, la presencia de Cristo resucitado, consumación de la iniciación cristiana y prenda de la pascua eterna.

Finalmente, según el Calendario Romano, “los cincuenta días desde el Domingo de Resurrección hasta el de Pentecostés se celebran como un solo día de fiesta e incluso como el gran domingo”.  Como señaló ya Tertuliano en el siglo III, la pascua cristiana se prolonga cincuenta días, durante los cuales la Iglesia celebra el misterio de la glorificación de Cristo, que se inicia con su Resurrección y se consuma con el envío del Espíritu Santo tras su Ascensión a la derecha del Padre. Este misterio de glorificación de Cristo produce una inefable alegría en la Iglesia, porque es el reencuentro nupcial de la Esposa con su Esposo, convertido en Señor del universo con su Ascensión al cielo y presente, a la vez, en la historia como salvador y restaurador por la fuerza del Espíritu.


¿POR QUÉ MARÍA EN EL MES DE MAYO?

La piedad popular ha unido estrechamente la Virgen María y el mes de mayo. Entre todos los meses, el de mayo es el más hermoso, es el mes de las flores por excelencia. La primavera está en todo su esplendor, la naturaleza desborda vida, color y alegría por todas partes. Mayo es el mes del tiempo pascual: el gozo de la Resurrección se prolonga durante cincuenta días abarcando, en 2009, todo el mes, pues el último día de mayo del presente año es Pentecostés, culminación de todo lo que celebramos durante los cincuenta días de Pascua. Con el último día de mayo termina la Pascua con la celebración de la solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo en torno a María, la Madre del Señor, y ese mismo día 31 la Iglesia conmemora la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel. La joven María, que ha concebido al Hijo del Eterno Padre en su seno por el poder del Espíritu Santo, se pone en camino a la montaña de Judea para asistir a su prima anciana que estaba encinta de Juan el Bautista;  y la misma María, ya entrada en años,  recibe de nuevo la efusión del Espíritu, junto con los apóstoles, en la mañana de Pentecostés. El final de mayo de este año 2009 está marcado por la presencia de María, la mujer llena del Espíritu.

Pero ¿por qué asociamos de un modo particular a este mes la figura de la Virgen María? Pues porque Ella es la imagen perfecta de la victoria de Cristo resucitado. Los evangelios no nos cuentan ninguna aparición del Resucitado a su Madre, pero en el corazón de la Iglesia siempre ha latido la convicción de que Ella hubo de ser la primera en recibir la visita de su Hijo al salir glorioso del sepulcro en la mañana de Resurrección. Si María permaneció de pie junto a la Cruz de su Hijo, si Ella lo recogió en sus brazos cuando lo desenclavaron y lo ungió con sus lágrimas antes de depositarlo en el sepulcro, si la Virgen estuvo tan estrechamente unida a su Hijo en la realización de la obra de nuestra redención, ¿cómo no iba a ser Ella la primera en recibir la gozosa nueva de la resurrección de su Hijo? Sin duda María fue la primera partícipe del gozo de la resurrección de Cristo, ya que Ella misma, desde su inmaculada concepción, fue colmada por anticipado de la plenitud de la gracia, que tiene su fuente en el misterio pascual de la muerte y la resurrección de su Hijo.

Así, pues, como el mes de mayo es el mes de la Pascua, el mes de la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado, y de esta victoria la primera y más perfecta beneficiaria fue María, por eso la intuición creyente del pueblo de Dios vinculó acertadamente este mes con la figura de María: Ella nos recuerda la resurrección de su Hijo y a Ella nos encomendamos para que también nosotros participemos de los dones de la Pascua: la paz, la alegría, la vida nueva que el Padre nos otorga en la muerte y resurrección de su Hijo. Si en todo tiempo el camino hacia Jesús pasa por el que nos abrió su Madre, ¿quién mejor que Ella, que experimentó la primera y como nadie la alegría de la resurrección de su Hijo, nos podrá ayudar a encontrarnos con Cristo resucitado en este tiempo de pascua que abraza el mes entero de mayo? Nadie. María, en el mes de mayo, es la mujer nueva, la mujer de la Pascua, la Madre del Resucitado; de su mano, a lo largo de los cincuenta días que dura la fiesta de Pascua nos preparamos para recibir el regalo mayor de Cristo resucitado, el Espíritu Santo, que al final del camino florido de mayo descenderá sobre la Iglesia, reunida en oración con María, en el día de Pentecostés.


¿QUÉ PEDIR Y CÓMO PEDIR A LA VIRGEN MARÍA?

¿Qué busca la gente cuando acude a un santuario de la Virgen? ¿Qué piden los cristianos a Nuestra Señora en su casa, en la multitud de santuarios marianos que pueblan la geografía nacional de Colombia? ¿Qué esperan alcanzar de la Virgen María? Son preguntas cuya respuesta depende de las actitudes y creencias personales. La respuesta a tales cuestiones tiene mucho que ver con el grado de fe de los que se acercan al santuario para pedir a la Virgen alguna gracia esperando de ella su intervención poderosa. Ciertamente no faltan algunos que acuden a los santuarios como simples turistas sin ningún impulso religioso o, en el día de la fiesta, detrás de la romería. Otros muchos llegan al santuario con las mejores disposiciones, con espíritu de fe, porque aman a la Madre del Señor y quieren ponerse bajo su protección maternal. Los verdaderos creyentes piden con confianza y esperan ser atendidos en sus necesidades, pero sin exigencias, sin chantaje: tú me concedes este favor y yo te enciendo un par de cirios. Los peregrinos que acuden con espíritu de fe a la presencia de la Virgen María en cualquiera de sus numerosos santuarios, lo primero que escuchan de la Madre es lo que ella misma dijo una vez a los sirvientes en las bodas de Caná: “Haced lo que él –mi Hijo- os diga”. Y el Hijo, por el apóstol san Pablo, nos dirige siempre la misma invitación: “Dejaos reconciliar con Dios”, o según sus propias palabras: “Convertíos y creed en el Evangelio”. Conversión, reconciliación, petición humilde y confiada: este es el triple itinerario del peregrino que se acerca al santuario mariano. Por eso, los hombres y mujeres que se acercan a pedir favores a la Virgen sin esforzarse por cambiar de vida y reconciliarse con Dios y con los hermanos en el sacramento de la penitencia, es difícil que sean escuchados.

Jesús nos enseñó el modelo de toda oración: ante todo, los creyentes elevan su mirada a Dios mismo para pedir que, en medio de un mundo en el que resuena con frecuencia la blasfemia, su Nombre sea santificado en nosotros, o sea, que el Dios santo nos comunique e impregne de su santidad. Y le pedimos también que venga su Reino a este mundo, a nosotros, para que transforme los corazones de los hombres y las estructuras sociales, culturales y políticas de modo que la justicia se abra paso en las relaciones humanas y entre los pueblos, y la paz se establezca definitivamente entre nosotros. Pero para que el Reino de Dios llegue a este mundo le pedimos que cumplamos su Voluntad que no es otra que la realización de nuestra propia salvación. Si creemos en Dios, en el Dios que nos reveló Jesús, como Amor, que se nos manifiesta en la Persona del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, entonces lo primero es Dios, a quien hemos de ama sobre todas las cosas; porque si Dios no es lo primero, entonces no creemos verdaderamente en Él o creeremos en un “dios” fabricado a nuestra imagen, para satisfacción de nuestros deseos. Luego, en la oración que Jesús nos enseñó, aparecemos nosotros con nuestras necesidades, y la primera de todas, la vida, por eso pedimos el pan de cada día, símbolo del alimento que nos sostiene en pie. Pero pedimos el pan ‘nuestro’, pan para todos los hombres, pues al Padre ‘nuestro’, al Padre de todos, corresponde la petición del pan ‘nuestro’, el pan de todos. Después de la petición por la vida viene la de la reconciliación: invocamos el perdón de nuestros pecados con la condición de estar dispuestos nosotros a perdonar a los que nos han ofendido. El que no está dispuesto a perdonar a los demás no puede invocar el perdón de Dios. Y como somos débiles y expuestos al peligro, clamamos a Dios para que no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal, de todos los males, del mal definitivo, la perdición eterna. Esta es la oración que Jesús enseñó a sus discípulos; todas las demás oraciones que elevemos a Dios deben conformarse con ésta, que es el modelo y guía de toda oración cristiana.

La oración que escucha la Virgen no se separa de la que nos enseñó Jesús: por eso Ella nos conduce a su Hijo, que nos invita a la reconciliación y a perseverar en la camino del Evangelio, luego, con amor de madre, acoge y atiende todas nuestras necesidades. Lo que no puede ser es que sólo le presentemos necesidades materiales olvidándonos de lo más fundamental: “Buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”. Pedir sin comprometernos a ser mejores es pura superstición; pedir sin pisar la iglesia es una tomadura de pelo; pedir con las disposiciones que nos enseñó el Señor es garantía de ser escuchados, sobre todo, si nuestra oración llega a Él de manos de su Madre, la Virgen María.


SANTÍSIMA TRINIDAD

MISTERIO DE AMOR


1.     “Tanto amó Dios al mundo”

El misterio de la Santísima Trinidad es, ante todo y sobre todo, misterio de amor, hacia dentro, entre las tres divinas Personas, y hacia fuera, porque la obra de la creación y de la salvación son obra del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por eso, sólo desde el amor, desde la experiencia del amor puro y gratuito, puede uno acercarse al misterio insondable del Dios trinitario. Que Dios es amor lo descubrimos contemplando al Padre. En aquella experiencia mística en la cumbre del Sinaí, Moisés oyó a Dios que decía de sí mismo, expresando lo íntimo de su ser: “El Señor es Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Este es el autorretrato de Dios, trazado desde la nube, símbolo de la presencia divina envolvente y trascendente a la vez, en el que resaltan con colores vivos el amor, la compasión, la misericordia, el perdón como la naturaleza propia de Dios. En el evangelio, Jesús profundiza en ese retrato sacando a luz un rasgo verdaderamente asombroso: Dios es el Padre que entrega al Hijo único en un exceso de amor incomprensible: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”. Que el Padre entregue al Hijo único, una entrega que pasa por el envío al mundo en despojo absoluto y termina en la muerte, que lo entregue para que los hombres no perezcan ni se pierdan definitivamente, sino que tengan vida eterna, sólo se explica desde ese increíble milagro del amor divino: “tanto amó Dios al mundo”. El Padre es sobre todo amor, que al acercarse a nosotros, injustos y pecadores, se torna compasión, misericordia, paciencia, perdón. En él prevalece siempre la misericordia sobre la ira, por eso siempre podemos volver a él invocando el perdón de nuestras culpas: porque Dios es “lento a la ira y rico en clemencia”.


2.     “Para que el mundo se salve por él”

Jesucristo es el testimonio vivo del amor del Padre; él fue enviado para cumplir una misión de amor: la salvación del mundo. El evangelio habla de salvación, de la obra de salvación realizada por Jesús, y se refiere sobre todo a la salvación de la muerte eterna a la que nos arrastra y empuja el pecado. La salvación del hombre es la realización plena de lo que es, criatura e hijo de Dios, y para lo que ha sido creado: para vivir por siempre en comunión y amistad con Dios. Ahora bien, que siendo pecadores, enemigos de Dios, tengamos salvación o, como dice el evangelio, vida eterna, esto sólo es posible porque el Padre nos ama de un modo y en una medida infinita, tan infinita que es su propio Hijo la medida de su amor por nosotros: “los has amado a ellos como me has amado a mí” . Pero la realización concreta de la salvación del mundo por amor es la obra del Hijo. Hemos sido salvados por el amor del Hijo: “como el Padre me ha amado, así os he amado yo”. La redención es obra del amor de Cristo. El Hijo es expresión y fruto del amor del Padre; es por eso mismo, él también, amor, un amor que penetra toda su existencia y que irradia en todos sus gestos, palabras y obras. A sí mismo se refería cuando dijo a los discípulos que “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”. Pero Pablo vio todavía un amor más grande, porque “Cristo murió por los impíos…, siendo nosotros todavía pecadores Cristo murió por nosotros”.


3.     “El que cree en él no será condenado”

El amor que es Dios Padre, que se revela y se hace presente en el Hijo, sólo llegamos a comprenderlo y aceptarlo en la fe. Por la fe nos abrimos al amor, nos dejamos interpelar y transformar por el amor del Padre y del Hijo. Y esta es la obra del Espíritu Santo. Pues, como dice el Apóstol, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio de amor del Padre y del Hijo por la fe. Sin fe no hay amor, y sin amor no hay salvación, porque la fe sin amor no sería verdadera, pues siempre se trata de “la fe que actúa por la caridad”. Esta es la fe que conduce a la salvación, que es anticipo y garantía de salvación, por eso nos ha dicho el Señor que “el que no cree ya está condenado”. La condenación es el rechazo del Hijo enviado por el Padre por amor para realizar la obra de nuestra salvación. Por el contrario, la salvación es la aceptación del Hijo, de su palabra y de su obra; a la salvación llegamos por la fe que suscita en nosotros el Espíritu Santo. Él es, después de Pentecostés, el amor de Dios que transforma los corazones para poder abrazar el mensaje de Cristo y alcanzar la meta de la fe que es la salvación.

El misterio trinitario de Dios es así fuente de consuelo, paz y alegría: porque es el Padre el que quiere nuestra salvación; es el Hijo el que la lleva a término; y es el Espíritu Santo el que nos pone en camino por la fe y nos la comunica por el amor. Es este misterio de amor el que nosotros estamos llamados a testimoniar de palabra y de obra. De él bebió nuestro Padre San Juan de Mata y aquí se gestó la fundación de la Orden de la Santísima Trinidad para la redención de cautivos: de la fuente del amor que es Dios Trinidad brota el amor a los perseguidos, pobres y cautivos. “Bendito sea Dios Padre, y su Hijo unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros”.


EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR

La eucaristía es “misterio”. Inmediatamente después de la consagración el sacerdote introduce la aclamación de la asamblea con la exclamación “Mysterium fidei”, que la traducción castellana ha vertido como “Este es el sacramento de nuestra fe”, con lo que ha identificado “mysterium” con “sacramentum”. En realidad, el término “mysterium” aludeal plan salvífico-revelador de Dios realizado por Jesucristo con su misterio pascual (Rom 16, 25s). Para perpetuar en el tiempo este plan de salvación Jesús instituyó los sacramentos que prolongan en la historia su obra de salvación, pues “lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios” (San León Magno). Ahora bien, si en la eucaristía se contiene como en ningún otro sacramento el misterio pascual, es decir, Cristo mismo muerto y resucitado, si la eucaristía es el “memorial” de la muerte y resurrección del Señor, es lógico que ella sea el “mysterium fidei” por excelencia, o sea, el sacramento de la fe, la expresión más densa y real de la fe cristiana, pues en la eucaristía confesamos a Cristo realmente presente, entregado como víctima pascual por nuestra salvación.

Pero este misterio-sacramento nos lo dejó el Señor para que hiciéramos memoria de él, de su paso de este mundo al Padre (Jn 13,1), es decir, para celebrarlo. Dios actúa y se manifiesta en la historia a través de signos sensibles: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). Jesús, en medio de la celebración de la cena pascual judía, instituyó otra celebración que nos mandó repetir “hasta su vuelta” (1Cor 11,26). Celebrar es hacer el memorial, o sea, actualizar aquel gesto de entrega de Jesús por el poder del Espíritu, para que todos los “concelebrantes” de todas las generaciones pudieran beneficiarse de él (del sacrificio de la redención). El “misterio” eucarístico cobra vida y verdad cuando es celebrado.

En este comentario (que se continuará también en el próximo número de Minutos de Amor) voy a exponer las ideas centrales de la Exhortación apostólica postsinodal de Benedicto XVI sobre el sacramento de la Eucaristía que lleva por título “Sacramentum caritatis”: la Eucaristía es el “Sacramento de la caridad” (22 de febrero de 2007). Esta Exhortación es del Papa, ciertamente, pero como se indica en la misma calificación de “postsinodal” es fruto de los trabajos del Sínodo de los Obispos, celebrado en Roma en el mes de octubre de 2005, centrado en “La Eucaristía como fuente y cumbre de la vida y la misión de la Iglesia”. Consta de tres grandes apartados: en el primero expone lo que podríamos llamar la “fe eucarística”, lo que tenemos que creer respecto de este Santísimo Sacramento. En la segunda, que será el objeto de este comentario, desarrolla el contenido y estructura de la celebración eucarística. Y en la tercera se detiene en mostrar las consecuencias prácticas de la fe eucarística y de su celebración, es decir, la forma de vida eucarística como expresión suprema de la vida cristiana.


LA EUCARISTÍA ES ANTE TODO UNA CELEBRACIÓN

En la celebración de la eucaristía, el Padre nos da el verdadero pan del cielo (Jn 6,32), del que era figura y anticipo el maná (6,31-32; cf. Ex 16,15). Esta frase de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún (6,59) encabeza la segunda sección del documento que comentamos, como para indicar el objeto y fin de la celebración eucarística: en ella el Padre nos da a su Hijo como alimento de vida eterna, a diferencia del que dio a los judíos en el desierto “y murieron” (6,49). Se compone de seis apartados precedidos de una introducción. Los tres primeros abordan la celebración de la eucaristía respondiendo a tres cuestiones: ¿Quién celebra? O el sujeto de la celebración; ¿Cómo celebrar? O el “arte de celebrar”; ¿Cómo se desarrolla? O la estructura de la celebración. En los dos siguientes apartados el documento trata de la participación activa e interior de los fieles en la liturgia. El último apartado se centra en la adoración y piedad eucarística.

La introducción (nn. 34-35) sirve para ensamblar la segunda parte del documento con la primera a través de la relación que se establece entre la lex orandi, o sea, la celebración (objeto de esta segunda parte) y la lex credendi , es decir, la fe eucarística (desarrollada en la primera parte) y con la tercera, pues el contenido del sexto apartado, la adoración y piedad eucarística, se desarrolla y completa en la tercera parte (lex vivendi) en donde se sacan las consecuencias prácticas para la vida cristiana.

La celebración de la eucaristía es la celebración de la fe eucarística, la cual alcanza toda su expresión y contenido cuando es celebrada. Además de vincular esta segunda parte con la primera, la introducción sirve de marco envolvente de todo lo que sigue: este marco es la belleza que distingue a la celebración litúrgica, una belleza que refleja pálidamente la belleza misma de Dios que actúa y se hace presente en la acción litúrgica. Ello quiere decir que hay que cuidar con esmero este marco: todos los gestos, símbolos, palabras, música, ornamentos, vasos sagrados etc mediante los cuales se celebra la eucaristía han de colaborar para resaltar la belleza del misterio que se actualiza sobre el altar. A veces no se cuida suficientemente este marco y por eso la liturgia aparece inexpresiva, aburrida, banal; desde luego, una liturgia mal preparada y celebrada no hace sospechar o vislumbrar la belleza de Dios.


EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR (2)

Siguiendo con el comentario a la segunda parte de la Exhortación apostólica postsinodal “Sacramentum caritatis”, de Benedicto XVI, nos centramos ahora en dos cuestiones importantes: el sujeto de la celebración de la Eucaristía y el arte de la celebración en el que entran en juego muchos componentes desde los responsables de la misma hasta el marco donde se celebra y los diferentes signos y símbolos de los que nos servimos cuando celebramos.


¿QUIÉN CELEBRA?

La primera cuestión a la que el documento, en esta segunda parte, responde es la del sujeto de la celebración (nn. 36-37). Con terminología agustiniana, tan interiorizada en el pensamiento de su autor, el papa Ratzinger, responde: el sujeto de la celebración es el “Christus totus”, o sea, el Cuerpo total de Cristo; de este Cuerpo, Cristo glorioso es la cabeza, el verdadero sacerdote que además es la víctima ofrecida, y la Iglesia los miembros. Es toda la Iglesia unida a su Cabeza la que celebra, pero en ella Cristo ha confiado a los obispos, y a los sacerdotes en comunión con los obispos la ofrenda del Sacrificio actuando “en su persona”. El obispo, en la Iglesia local, representa a Cristo, y esta representación se concretiza de un modo particular en la ofrenda del sacrificio que Cristo realizó y entregó a la Iglesia para que incesantemente lo ofreciese “en memoria suya”. El sujeto de la celebración es el “Cristo total”: Cristo-cabeza asocia a sí a su cuerpo-Iglesia en la persona del obispo (y del presbítero en comunión con él). Salta, pues, a la vista la dimensión cristológica y eclesiológica de la celebración eucarística.


¿CÓMO CELEBRAR?

A esta cuestión responde el “ars celebrandi”, el “arte de celebrar”, o sea, los medios, signos y símbolos, de que se sirve la liturgia para celebrar los sagrados misterios (nn. 38-42). El responsable del “ars celebrandi” en las Iglesias particulares es el obispo: las celebraciones que él preside han de ser modélicas o ejemplares para las demás celebraciones de su diócesis; por eso a él se le encomienda que vele por que las celebraciones en su diócesis se ajusten a la verdad y belleza del ordenamiento litúrgico vigente. Puesto que, como señala un experto, “conviene recordar que no existe litúrgica auténtica sin docilidad inteligentemente escrupulosa a las rúbricas prescriptivas o simplemente indicativas que la Iglesia se toma la molestia de elaborar: No existe estética litúrgica que pueda eludir el carácter normativo de la liturgia”.

La Exhortación llama la atención sobre dos aspectos concretos del “ars celebrandi” que se han  de cuidar especialmente: el arte y la música. En relación con el arte, menciona en primer lugar la arquitectura; ella es la encargada de expresar el lenguaje simbólico del espacio sagrado, su distribución y función, atendiendo de un modo particular a visibilizar los distintos componentes del presbiterio como presencia simbólica de Cristo: el altar, el ambón y la sede. Pero el lenguaje del arte sacro no termina en la organización del espacio para la correcta celebración de los sagrados misterios, sino que está también presente en la pintura y la escultura que han de servir para introducir a los fieles en la acción litúrgica que se celebra. Para lograr realizar este objetivo los arquitectos y los artistas deben informarse (y formarse) acerca de lo que la Iglesia quiere expresar en la celebración de los sagrados misterios; esta formación es indispensable también para los responsables de la celebración litúrgica ya desde los años de preparación al ministerio ordenado.

Las observaciones y sugerencias sobre el “ars celebrandi” concluyen con una referencia al canto litúrgico; no cabe duda que las observaciones de la Exhortación sobre la problemática de la música en las celebraciones litúrgicas, sobre todo de la eucaristía, deberían tenerse en cuenta, dos sobre todo: la que se refiere a los géneros musicales, pues “no todas las formas musicales pueden considerarse aptas para las celebraciones litúrgicas”. Aquí se recogen las preocupaciones manifestadas muchas veces por el autor, Ratzinger-Benedicto XVI, acerca del uso de géneros musicales no apropiados para la liturgia. La otra observación tiene que ver con la necesidad de acomodar la música y la letra a los momentos precisos de la celebración: que un canto de entrada lo sea efectivamente de entrada, no de comunión o de “ofertorio”, y según los tiempos litúrgicos, pues un canto de cuaresma no es adecuado para entonarlo en pascua, ni uno de pascua en navidad. En efecto, la bondad y belleza de las formas por sí solas no bastan, “pues la música litúrgica debe responder a sus requisitos específicos: la plena adhesión a los textos que presenta, la consonancia con el tiempo y el momento litúrgico al que está destinada, y la adecuada correspondencia a los gestos que el rito propone”. La música en la liturgia está para poner de relieve la oración de la comunidad, por eso está en función del texto litúrgico en el que se expresa la oración de la Iglesia. Y no sólo del texto, sino también de los diferentes ritos: el canto en el rito penitencial, no puede ser lo mismo que en el momento de la presentación de las ofrendas. Sin duda, la creatividad en el campo musical es importante, siempre que tenga calidad artística, y no distorsione el clima de la celebración, sino que ayude a la asamblea a introducirse en ella y a vivirla más intensamente.


EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR (3)


Estructura de la celebración eucarística

El tercer apartado de la Exhortación apostólica postsinodal “Sacramentum caritatis”, del Papa Benedicto XVI, que estamos comentando, recorre los momentos y componentes principales de la celebración de la eucaristía (nn. 43-51). Siguiendo la doctrina enunciada por la constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, del Concilio Vaticano II, la Exhortación, al tratar este punto, destaca la unidad intrínseca de las dos partes de la celebración: la mesa de la palabra y la mesa del sacramento constituyen un solo y único acto de culto (SC 56). No son dos partes yuxtapuestas, cada una encerrada en sí misma; al contrario, la mesa de la palabra conduce a la mesa del sacramento, puesto que, para acceder a ésta, es necesaria la fe que suscita la proclamación y escucha de la palabra.


La mesa de la Palabra

El documento destaca con fuerza la importancia de la mesa de la palabra: hay que poner el máximo empeño en proclamar digna y correctamente la palabra, pues de su buena proclamación se seguirá que los fieles la acojan con provecho. No se puede improvisar la lectura de la palabra, ni los lectores de la misma, que son los mediadores entre la palabra escrita y los oyentes presentes en la asamblea litúrgica. Quizás uno de los fallos o deficiencias de la reforma litúrgica (no en sí misma, naturalmente, sino en su puesta en práctica) esté precisamente aquí: en la ligereza con que se ha tratado la mesa de la palabra, no dando el debido relieve a Dios que nos habla hoy en su palabra. Esta actualidad del mensaje es lo que hay que poner de relieve para tratar de captar la atención de los oyentes y la responsabilidad de los lectores.

A mostrar la actualidad de la palabra proclamada, o sea, su incidencia en la vida, está llamada la homilía, a la que la Exhortación dedica siete observaciones dignas de tenerse en cuenta por los que son ministros de la misma. En la última, el documento alude a la necesidad de promover homilías temáticas, partiendo del leccionario trienal, en las que se aborden los temas fundamentales de la vida de fe, de la celebración, de la moral y de la oración, siguiendo las cuatro partes del Catecismo de la Iglesia Católica.


La mesa del Sacramento

La mesa del sacramento la recorre siguiendo su propia estructura, o sea, los cuatro gestos de Jesús en la institución (cf. 1Cor 11,23-25).

“Tomó pan”: en la presentación de los dones del pan y del vino se simboliza toda la creación (incluido el hombre: “fruto de la tierra y del trabajo de los hombres”) que así es asumida por Cristo para ser entregada al Padre. Si esto es lo decisivo, el documento llama a la sobriedad en los adornos o complementos con que a veces se recarga este rito.

“Dio gracias”: la centralidad de la plegaria eucarística debe ponerse de relieve tanto en la forma de recitarla como en la catequesis de cada una de las partes que la componen, especialmente por lo que se refiere a la epíclesis y a la consagración, y a la participación de los fieles, o sea, en el “Amén” que remata la gran doxología trinitaria.

“Lo partió”: de este gesto no dice nada la Exhortación, y, en mi opinión, debería haber dicho una palabra acerca de su expresividad simbólica en sí misma y en su realización, pues no en vano es el nombre con que se conoce la celebración eucarística en la primitiva comunidad cristiana (Hch 2,41.46; 20,7.11; Lc 24,35). En cambio, pone todo el acento en el rito de la paz, en la oración y en el gesto con que se expresa. Como la realización de este gesto no logra hacerse de manera sobria y contenida, perjudicando el clima de tensión espiritual hacia la culminación de la celebración en la comunión, por eso, a pesar de que todavía no hace muchos años (2002) que se promulgó (en latín) la tercera edición típica del Misal Romano, el gesto de la paz cambiará seguramente de lugar; parece que su sitio será al finalizar la liturgia de la palabra y antes de empezar la liturgia eucarística, como expresión de la recomendación de Jesús: “Si cuando vas a llevar tu ofrenda ante el altar…” (Mt 5,23-24).

“Y se lo dio”: en este apartado se hacen algunas recomendaciones de carácter ritual que no deben caer  en saco roto: en la manera de distribuir la sagrada comunión y de recibirla (en la boca o en la mano) tiene que mostrarse que aquí, en la humildad de los signos, se da el más grande y formidable encuentro personal con el Señor. Si el encuentro se ha dado, lógicamente la recomendación de prolongar la acción de gracias cae de su peso. Las otras dos observaciones que hace el documento también son, pastoralmente, de máxima actualidad: cómo proceder en aquellas celebraciones de la eucaristía donde, por motivos sociales o de otro tipo, se encuentran personas que no frecuentan la iglesia, están alejadas o apenas mantienen viva la llama de la fe; y cómo proceder en aquellas asambleas donde por diversos motivos hay personas de distintas confesiones cristianas o de otras religiones. La recomendación que hace el documento es que se indique a los presentes con una breve monición las condiciones mínimas para acceder a la comunión o que incluso, en determinados casos, se sustituya la celebración de la misa por una liturgia de la palabra, lo cual me parece extraordinariamente acertado. En un clima de escasa fe y de raro discernimiento de la realidad y contenido del sacramento lo primero que hay que hacer es suscitar la fe, y esta es la función y sentido de la liturgia de la palabra.

En el rito de despedida, el documento pone el acento en la necesidad de motivar, a través de él, la misión en el mundo. Lo que se ha celebrado en la iglesia debe conducir a la transformación de la sociedad: la “missa” (del “Ite, missa est”) se tiene que transformar en “missio” en el mundo y para el mundo.


EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR (4)


Participación activa

La Exhortación apostólica postsinodal “Sacramentum caritatis”, del Papa Benedicto XVI, aborda en el último apartado del capítulo segundo que estamos comentando, un tema importante para la celebración de la eucaristía: de qué se trata cuando se habla de la “participación activa” (nn. 52-65). Esta noción es el concepto guía de la constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”: la obra de la reforma de la liturgia emprendida por el Concilio Vaticano II tiende a incorporar a los fieles, como asamblea celebrante, en la celebración de los sagrados misterios; ello lleva consigo una evidente carga de desclericalización de la liturgia, empresa ardua, pues la clericalización de la misma echa raíces en el período final de la era patrística. Pero no siempre se ha entendido correctamente este concepto conciliar, reduciéndolo a la actividad externa, de tal manera que participaría en la liturgia eucarística el que hace algo (o se mueve) a lo largo de ella, o sea, el que lee, canta, toca, participa en la procesión de ofrendas, reparte la comunión, hace la colecta etc. El documento quiere recuperar la letra y el espíritu de la constitución (de los que hablaremos en el último apartado de este trabajo) al poner el acento en la participación interior, la que movida por la fe entra con el corazón en la celebración llevando a ella la vida entera para trasladar luego a la vida lo que se celebra en la eucaristía.

Ahora bien, como en algunos lugares se ha malentendido la participación activa en menoscabo de la responsabilidad del celebrante, la Exhortación recuerda que el único que preside la celebración del rito de entrada al de despedida es el sacerdote. Naturalmente, esto no significa que él lo tenga que hacer todo, sino que él es el responsable de la celebración (incluyendo la correcta distribución de oficios y ministerios). Pero para que pueda darse una participación verdadera es necesario que la liturgia diga algo a los que la celebran, se sientan interpelados, por eso es necesaria la formación litúrgica, pues sin conocer es difícil amar, y sin amor no es posible una participación activa en las celebraciones de la sagrada liturgia. Además, para que se dé una auténtica participación antes hay que disponerse en una actitud interior de conversión y en un clima exterior de silencio y recogimiento. El climax de la participación activa se alcanza en la comunión sacramental, siempre que se esté en condiciones de recibirla con el debido discernimiento; pero si no es posible acercarse a comulgar no por eso la participación en la celebración ha fracasado: el deseo de comulgar, la comunión espiritual, prepara sin duda a la comunión sacramental en su momento.

En relación con la retransmisión de la misa por radio y televisión, no puede hablarse de  participación en sentido estricto, pues ésta sólo se da en la presencia ante el misterio celebrado, y por tanto, en condiciones normales no sirve para cumplir el precepto dominical, pero es de gran provecho espiritual para los enfermos y ancianos, y para otras muchas personas. La participación activa en los sagrados misterios hay que hacerla posible también a los enfermos, en particular la Exhortación nombra a los enfermos discapacitados, incluso discapacitados mentales, a quienes se les puede dar la comunión “en la fe de la familia o de la comunidad que los acompaña” (n. 58). Se menciona también a los presos que necesitan de un modo especial la compañía del Señor  y por eso deben ser particularmente atendidos por la Iglesia. En el contexto actual de movimientos migratorios, el documento pide que en la celebración de la eucaristía se atienda y acoja a los emigrantes, particularmente a los católicos de rito oriental, y si fuera posible se les facilite ser atendidos por sacerdotes de su propio rito.

Termina este apartado acerca de la “participación activa” hablando de las grandes concelebraciones eucarísticas y de las celebraciones en pequeños grupos marcando una serie de criterios en orden a regular la participación en las primeras y a no distorsionarla en las segundas. La lengua latina, en algunas partes del “ordinario de la Misa” y en el canto, puede ser un buen instrumento para facilitar la participación de los fieles en las celebraciones internacionales. Mientras que las celebraciones en pequeños grupos han de servir para construir y enriquecer la comunidad parroquial, “no para fragmentarla” (n. 63).


Participación interior

La verdadera participación en la celebración litúrgica no puede quedarse en lo exterior: tiene que llegar al fondo y salir del fondo del alma, es la participación que el Papa llama interior, aquella que conduce a unir la propia vida a la ofrenda de Cristo en el altar por la salvación del mundo (nn. 64-65). Para lograr esta meta, un camino ya conocido y practicado desde antiguo son las catequesis mistagógicas, las que introducen en los sagrados misterios, por eso el documento destaca la necesidad de las mismas y explica lo que son, su contenido y estructura, la calidad de testigo del que las expone, su vinculación con el testimonio de vida, sin dejar de advertir que “la mejor catequesis sobre la eucaristía es la eucaristía misma bien celebrada” (n. 64). La eficacia de las catequesis mistagógicas se demuestra si logran suscitar en los oyentes el sentido del misterio de Dios que sostiene y penetra toda la celebración. Para ello, al lenguaje verbal debería acompañar el lenguaje corporal a través de gestos concretos con los que la tradición ha expresado la adoración: el ponerse de rodillas durante la plegaria eucarística, en particular desde la epíclesis o invocación del Espíritu Santo antes de la consagración hasta la aclamación después de la elevación del cáliz. Es un gesto sencillo, pero muy expresivo, que nos ayuda a situarnos ante el Misterio de Dios que se hace presente en los dones consagrados sobre el altar.


El culto eucarístico fuera de la Misa

El último apartado de esta segunda parte lo dedica el documento a la adoración y piedad eucarística (nn. 66-69). Saliendo al paso de interpretaciones no correctas que se dieron (y aún persisten) al comienzo de la reforma litúrgica, el documento afirma que no hay contradicción alguna entre la celebración y adoración; es más, la adoración no es otra cosa que la prolongación de la celebración, por eso se afirma que la más importante y excelsa demostración de la adoración eucarística es la misma celebración de la eucaristía. Pero esto lo será en verdad si no falta la adoración personal y comunitaria de la eucaristía fuera de la misa. Algo que habría que inculcar también a los niños durante la etapa de preparación a la primera comunión, para que hecha ésta no olviden acercarse a Jesús en coloquio con él, presente en el sagrario. Del lugar de este último se ocupa en el último número de esta segunda parte, recomendando que sea digno y visible para que facilite el encuentro con el Señor a los que entran en la iglesia.


CARITAS IN VERITATE

En la Vigésima Segunda edición del Diccionario de la Lengua Española el vocablo encíclica se define como: “Carta solemne que dirige el Sumo Pontífice a todos los obispos y fieles del orbe católico.” La palabra viene del latín Enclycia que significa “envolver en círculo.”Antiguamente se refería a una carta circular que era enviada por un obispo a una o varias comunidades cristianas de una zona específica. Actualmente, y muy de la mano con la primera definición que presentamos, entendemos como encíclica papal una carta solemne enviada por el Sumo Pontífice a toda la Iglesia (obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y todos los fieles laicos) sobre un tema concreto de la doctrina católica. Algunos autores suelen dividir las encíclicas de acuerdo a su contenido entre: Encíclicas Doctrinales, Encíclicas Exhortatorias, Encíclicas Disciplinares, Encíclicas Conmemorativas. Una encíclica es seguramente el documento magisterial más importante después de las Constituciones Apostólicas. El nombre de la encíclica depende de las primeras palabras en que empiece el documento.

Dentro del pontificado del Papa Benedicto XVI se han presentado tres encíclicas. La primera, el 25 de enero de 2006, Deus caritas est (Dios es amor), que trata sobre el amor cristiano; la segunda el 30 de noviembre de 2007, Spe Salvis (Salvados en la esperanza), sobre la esperanza cristiana y la última el 7 de julio de 2009, Caritas in Veritate (Caridad en la verdad), que conmemora los cuarenta y dos años de la publicación de la encíclica Populorum Progressio del Papa Pablo VI y que trata el tema del progreso de los pueblos, la doctrina social de la Iglesia.

La estructura de la encíclica Caritas in Veritate es la siguiente:

  • Introducción
  • Capítulo I: El mensaje de la Populorum progressio
  • Capítulo II: El desarrollo humano en nuestro tiempo
  • Capítulo III: Fraternidad, desarrollo económico y sociedad civil
  • Capítulo IV: Desarrollo de los pueblos, derechos y deberes, ambiente
  • Capítulo V: La colaboración de la familia humana
  • Capítulo VI: El desarrollo de los pueblos y la técnica
  • Conclusión

Este tema que estamos tratando pueda que se salga un poco de lo que hemos venido desarrollando sobre liturgia, pero quisimos aprovechar este espacio para acercar a todos los lectores de Minutos de Amor a este importante documento de la Iglesia. El próximo mes retomaremos nuestro contenido más específicamente litúrgico. A continuación nos acercaremos a una síntesis de lo que nos dice el Papa Benedicto XVI en Caritas in Veritate, elaborada por el mismo Vaticano y la cual recoge los elementos cardinales de la encíclica. Como en documentos anteriores que se han comentado, la invitación es a que no nos quedemos sólo con lo que les presentamos, sino que nos acerquemos, en este caso, a la encíclica y la leamos con detenimiento.

“La caridad en la verdad,” de esta manera empieza la encíclica y de ahí toma su nombre. Sin ella (la caridad), afirma el Pontífice, “la acción social cae en el dominio de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores de la sociedad”. (5) Benedicto XVI se detiene sobre dos “criterios orientadores de la acción moral” que se derivan del principio “caridad en la verdad”: la justicia y el bien común. Todo cristiano está llamado a la caridad a través de una “vía institucional” que incida en la vida de la polis, del vivir social. (6-7) La Iglesia, afirma, “no tiene soluciones técnicas para ofrecer”, pero tiene “una misión de verdad que cumplir” para “una sociedad a la medida del hombre, de su dignidad, de su vocación”. (8-9)

El primer capítulo del documento está dedicado al Mensaje de la Populorum Progressio de Pablo VI. “Sin la perspectiva de una vida eterna – advierte el Papa – el progreso humano en este mundo permanece privado de respiración”. Sin Dios, el desarrollo es negado, “deshumanizado”. (10-12) Pablo VI, se lee, afirmó “la imprescindible importancia del Evangelio para la construcción de la sociedad según la libertad y la justicia”. (13) En la Encíclica Humane Vitae, el Papa Montini “indica los fuertes lazos existentes entre la ética de la vida y la ética social”. También hoy, “la Iglesia propone con fuerza esta conexión”. (14-15) El Papa explica el concepto de vocación presente en la Populorum Progressio. “El desarrollo es vocación” ya que “nace de un llamado trascendente”. Y es en verdad “integral”, subraya, cuando está “dirigido a la promoción de cada hombre y de todo el hombre”. “La fe cristiana – añade – se ocupa del desarrollo no contando en privilegios o posiciones de poder”, “sino solo en Cristo”. (16-18) El Pontífice evidencia que “las causas del subdesarrollo no son primariamente de orden material”. Están, ante todo, en la voluntad, en el pensamiento y aún más “en la falta de fraternidad entre los hombres y los pueblos”. “La sociedad siempre más globalizada – acentúa – nos hace más cercano, nos hace más hermanos”. Es preciso, entonces, movilizarse, para que la economía evolucione “hacia salidas plenamente humanas”. (19-20)

En el segundo capítulo, el Papa entra en el fondo del desarrollo humano en nuestro tiempo. El exclusivo objetivo de la ganancia “sin el bien común como fin último – observa – amenaza con destruir la riqueza y crear pobreza”. Y enumera algunas distorsiones del desarrollo: una actividad financiera “por demás especulativa”, flujos migratorios “con frecuencia provocados” y después mal gestionados y, aún, “el aprovechamiento no regulado de los recursos de la tierra”. Ante tales problemas interconectados, el Papa invoca “una nueva síntesis humanística”. La crisis “nos obliga a reproyectar nuestro camino”. (21) El desarrollo, constata el Papa, es hoy “policéntrico”. “Crece la riqueza mundial en términos absolutos, pero aumentan las disparidades” y nacen nuevas pobrezas. La corrupción, es su pesar, está presente en Países ricos y pobres; a veces grandes empresas transnacionales no respetan los derechos de los trabajadores. Por otro lado, “las ayudas internacionales han sido frecuentemente alejadas de sus finalidades, por irresponsabilidad “de los donantes y de los beneficiarios. Al mismo tiempo, denuncia el Pontífice, “hay formas excesivas de protección del conocimiento por parte de los Países ricos, mediante una utilización demasiado rígida de los derechos de propiedad intelectual, especialmente en el campo sanitario”. (22)

Después del fin de los “bloques”, es necesario recordar lo que decía el Papa Juan Pablo II que había pedido “una reproyección global del desarrollo”, pero esto “sucedió solo en parte”. Hay hoy “una renovada valoración” del papel de los “públicos poderes del Estado”, y es deseable una participación de la sociedad civil en la política nacional e internacional. Dirige después la atención a la deslocalización de producciones de bajo costo por parte de los países ricos. “Estos procesos – es su llamado – han derivado en la reducción de las redes de seguridad social” con “grave peligro para los derechos de los trabajadores”. A ello se añade que “los recortes en el gasto social, frecuentemente promovidos por las instituciones financieras internacionales, pueden dejar a los ciudadanos impotentes frente a riesgos viejos y nuevos”. Por otro lado, se verifica también que “los gobiernos por razones de utilidad económica, limitan con frecuencia las libertades sindicales”. Recuerda, por ello, a los gobernantes que “el primer capital a salvaguardar y valorizar es el hombre, la persona en su integridad”. (23-25)

En plano cultural, prosigue, las posibilidades de interacción abren nuevas perspectivas de diálogo, pero hay un doble peligro. En primer lugar, un eclecticismo cultural en el que las culturas son “consideradas sustancialmente equivalentes”. El Peligro opuesto es “el aplanamiento cultural”, “la homologación de los estilos de vida”. (26) Dirige así el pensamiento al escándalo del hambre. Falta, denuncia el Papa, “un arreglo de instituciones económicas en grado” de afrontar tal emergencia. Augura el recurso a “nuevas fronteras” en las técnicas de producción agrícola y a una ecuánime reforma agraria en los países en vías de desarrollo. (27)

Benedicto XVI subraya que el respeto por la vida “no puede en alguna manera estar separado” del desarrollo de los pueblos. En varias partes del mundo, advierte, perduran prácticas de control demográfico que “llegan a imponer incluso el aborto”. En los países desarrollados se ha difundido una “mentalidad antinatalista que con frecuencia se trata de transmitir a otros Estados como si fuese un progreso cultural”. Por otro lado, prosigue, hay “la fundada sospecha que a veces las mismas ayudas para el desarrollo están unidas” a “políticas sanitarias que implican, de hecho, la imposición” del control de los nacimientos. Son preocupantes las “legislaciones que prevén la eutanasia”. “Cuando una sociedad se impulsa hacia la negación y la supresión de la vida – advierte – termina por no encontrar más” motivaciones y energías “para emplearse en el servicio del verdadero bien del hombre” (28).

Otro aspecto ligado al desarrollo es el derecho a la libertad religiosa. Las violencias, escribe el Papa, “frenan el desarrollo auténtico”, y ello “se aplica especialmente al terrorismo de naturaleza fundamentalista”. Al mismo tiempo, la promoción del ateísmo por parte de muchos Países “contrasta con las necesidades del desarrollo de los pueblos, substrayéndoles recursos espirituales y humanos”. (29) Para el desarrollo, prosigue, sirve la interacción de los diversos niveles del saber armonizados por la caridad”. (30-31) El Papa espera, por tanto, que las decisiones económicas actuales continúen “persiguiendo como prioridad el objetivo del acceso al trabajo” para todos. Benedicto XVI pone en guardia ante una economía “del corto y tal vez brevísimo plazo” que determina “el rebajamiento del nivel de tutela de los derechos de los trabajadores” para hacer adquirir a un País “mayor competitividad internacional”. Por esto, exhorta a una corrección de las disfunciones del modelo de desarrollo como lo pide hoy también “el estado de salud ecológica del planeta”. Y concluye con la globalización: “Sin la guía de la caridad en la verdad, este empuje planetario puede concurrir a crear daños desconocidos hasta ahora y nuevas divisiones”. Es necesario, por tanto, “un compromiso inédito y creativo”. (32-33)

Fraternidad, desarrollo económico y sociedad civil es el tema del tercer capítulo de la Encíclica, que se abre con un elogio de la experiencia del don, con frecuencia no reconocida “a causa de una visión solo productivista y utilitarista de la existencia”. La convicción de una autonomía de la economía de las “influencias de carácter moral – evidencia el Papa – ha impulsado al hombre a abusar del instrumento económico de manera hasta destructiva”. El desarrollo, “si quiere ser auténticamente humano”, debe en cambio “dar espacio al principio de gratuidad”. (34) Esto vale de modo particular para el mercado.

“Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca – es su llamado – el mercado no puede plenamente cumplir la propia función económica”. El mercado, afirma, “no puede contar solo consigo mismo”, “debe procurar energías morales de otros sujetos” y no debe considerar a los pobres un “fardo, sino un recurso”. El mercado no debe convertirse en “lugar del atropello del fuerte sobre el débil”. Y añade: la lógica mercantil debe “conducir a la consecución del bien común del que debe hacerse cargo también, y sobretodo, la comunidad política”. El Papa precisa que el mercado no es negativo por naturaleza. Por tanto, a ser llamado en causa es el hombre, “su conciencia moral y su responsabilidad”. La actual crisis, concluye el Papa, muestra que los “tradicionales principios de la ética social” – transparencia, honestidad y responsabilidad – “no deben ser descuidados”. Al mismo tiempo, recuerda que la economía no elimina el papel de los Estados y tiene necesidad de “leyes justas”. Retomando la Centesimus Annus, indica la “necesidad de un sistema con tres sujetos”: mercado, Estado y sociedad civil, y alienta a una “civilización de la economía”. Sirven “formas económicas solidarias”. Mercado y política necesitan “de personas abiertas al don recíproco”. (35-39)

La crisis actual, anota, pide también “profundos cambios” para la empresa. Su gestión “no puede tener en cuenta sólo los intereses de los propietarios”, sino “debe también hacerse cargo” de la comunidad local. El Papa hace referencia a los gerentes que con frecuencia “responden solo a las indicaciones de los accionistas”, e invita a evitar un empleo “especulativo” de los recursos financieros. (40-41)

El capítulo se concluye con una nueva valoración del fenómeno de la globalización, de no entender solo como “proceso socio-económico”. “No debemos ser víctimas, sino protagonistas – exhorta – procediendo con raciocinio, guiados por la caridad y la verdad”. A la globalización le sirve “una orientación cultural personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia” capaz de corregir sus disfunciones”. Hay, añade, “la posibilidad de una gran redistribución de las riquezas”, pero la difusión del bienestar no se frena “con proyectos egoístas, proteccionistas”. (42)

En el cuarto capítulo, la Encíclica desarrolla el tema del Desarrollo de los pueblos, derechos y deberes, ambiente. Se nota, observa, “la reivindicación del derecho a lo superfluo” en las sociedades opulentas, mientras falta alimento y agua en ciertas regiones subdesarrolladas. “Los derechos individuales desvinculados de un cuadro de deberes”, afirma, “enloquecen”. Derechos y deberes, precisa, remiten a un cuadro ético. Si, en cambio, “encuentran el propio fundamento solo en las deliberaciones de una asamblea de ciudadanos” pueden ser “cambiados a cada momento”. Gobierno y organismos internacionales no pueden olvidar “la objetividad y la indisponibilidad” de los derechos. (43) A este respecto, se detiene en las “problemáticas conexas con el crecimiento demográfico”. Es “incorrecto”, afirma, “considerar el aumento de la población como una causa primaria del subdesarrollo”. Reafirma que la sexualidad no se puede “reducir a un mero hecho hedonístico y lúdico”. Ni se puede regular la sexualidad con políticas materialistas “de forzada planificación de los nacimientos”. Subraya que “la apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y económica”. Los Estados, escribe, “están llamados a realizar políticas que promuevan la centralidad de la familia”. (44)

“La economía – afirma una vez más – tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de cualquier ética sino de una ética amiga de la persona”. La misma centralidad de la persona, afirma, debe ser el principio guía “en las intervenciones para el desarrollo” de la cooperación internacional, que deben siempre involucrar a los beneficiarios. “Los organismos internacionales – exhorta el Papa – deberían interrogarse sobre la real eficacia de sus aparatos burocráticos”, “con frecuencia muy costoso”. Resulta que a veces, constata, “los pobres sirven para mantener con vida dispendiosas organizaciones burocráticas”. De aquí la invitación a una “plena transparencia” sobre los fondos recibidos. (45-47).

Los últimos párrafos del capítulo están dedicados al ambiente. Para el creyente, la naturaleza es un don de Dios para usar responsablemente. En tal contexto, se detiene sobre las problemáticas energéticas. “El acaparamiento de los recursos” por parte de Estados y grupos de poder, denuncia el Pontífice, constituyen “un grave impedimento para el desarrollo de los Países pobres”. La comunidad internacional debe, por tanto, “encontrar caminos institucionales para disciplinar el aprovechamiento de los recursos no renovables”. “Las sociedades tecnológicamente avanzadas – añade – pueden y deben disminuir la propia necesidad energética”, mientras debe “avanzar la investigación sobre energías alternativas”.

En el fondo, exhorta el Papa, “es necesario un cambio efectivo de mentalidad que induzca a adoptar nuevos estilos de vida”. Un estilo que hoy, en muchas partes del mundo “está inclinado al hedonismo y al consumismo”. El problema decisivo, prosigue, “es la complexiva capacidad moral de la sociedad”. Y advierte: “si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural”, la conciencia humana termina por perder los conceptos de ecología humana” y de ecología ambiental. (48-52)

La colaboración de la familia humana es el corazón del quinto capítulo, en el que Benedicto XVI evidencia que “el desarrollo de los pueblos depende sobretodo del reconocimiento de ser una sola familia”. De allí que, se lee, la religión cristiana puede contribuir al desarrollo “solo si Dios encuentra un puesto también en la esfera pública”. Con “la negación del derecho a profesar públicamente la propia religión”, la política “asume un rostro opresivo y agresivo”. Y advierte: “en el laicismo y en el fundamentalismo se pierde la posibilidad de un diálogo fecundo” entre la razón y la fe. Ruptura que “comporta un costo muy grande para el desarrollo de la humanidad”. (53-56)

El Papa hace referencia al principio de subsidiaridad, que ofrece una ayuda a la persona “a través de la autonomía de los cuerpos intermedios”. La subsidiariedad, explica, “es el antídoto más eficaz contra toda forma de asistencialismo paternalista” y es más adecuada para humanizar la globalización. Las ayudas internacionales, constata, “pueden a veces mantener un pueblo en estado de dependencia”, por esto van erogados involucrando a los sujetos de la sociedad civil y no solo los gobiernos. “Con frecuencia”, en efecto, “las ayudas son versadas para crear solo mercados marginales para los productos” de los Países en vías de desarrollo. (57-58) Exhorta, por tanto, a los Estados ricos a “destinar mayores cuotas” del Producto Interno Bruto para el desarrollo, respetando los compromisos adquiridos. Y augura un mayor acceso a la educación y, aún más, a la “formación completa de la persona” afirmando que, cediendo al relativismo, se convierte en más pobre. Un ejemplo, escribe, nos es ofrecido por el fenómeno perverso del turismo sexual. “Es doloroso constatar – observa – que se desarrolla con frecuencia con el aval de los gobiernos locales, con el silencio de aquellos de donde proviene los turistas y con la complicidad de tantos operadores del sector”. (59-61)

Afronta, pues, el fenómeno “periódico” de las migraciones. “Ningún país, por sí solo, – es su llamado – puede creerse en grado de hacer frente a los problemas migratorios”. Todo migrante, añade, “es una persona humana” que “posee derechos que deben ser respetados por todos y en toda situación”. El Papa pide que los trabajadores extranjeros no sean considerados como una mercancía y evidencia el “nexo directo entre pobreza y desempleo”. Invoca un trabajo decente para todos e invita a los sindicatos, distintos de la política, a dirigir su mirada hacia los trabajadores de los Países donde los derechos sociales son violados. (62-64)

La finanza, repite, “después de su mal uso que ha dañado la economía real, regrese a ser un instrumento orientado” al desarrollo. Y añade: “Los operadores de las finanzas deben redescubrir el fundamento propiamente ético de su actividad”. El Papa pide, además, “una reglamentación del sector” para dar garantías a los sujetos más débiles. (65-66)

El último párrafo del capítulo lo dedica el Pontífice “a la urgencia de la reforma” de la ONU y “de la arquitectura económica y financiera internacional”. Urge “la presencia de una verdadera Autoridad política mundial” que se atenga “de manera coherente a los principios de subsidiariedad y de solidaridad”. Una Autoridad, afirma, que goce de “poder efectivo”. Y concluye con el llamado a instituir “un grado superior de ordenamiento internacional” para gobernar la globalización. (67)

El sexto y último capítulo está centrado en el tema del Desarrollo de los pueblos y la técnica. El Papa pone en guardia de la “pretensión prometéica” según la cual “la humanidad cree poderse recrear valiéndose de los ‘prodigios’ de la tecnología”. La técnica, es su llamado, no puede tener una “libertad absoluta”. Evidencia como “el proceso de globalización podría sustituir las ideologías con la técnica”. (68-72) Unidos con el desarrollo tecnológico están los medios de comunicación social llamados a promover “la dignidad de la persona y de los pueblos”. (73)

El campo primario “de la lucha cultural entre el absolutismo de la tecnicidad y la responsabilidad moral del hombre es hoy el de la bioética”, explica e, Papa que añade: “La razón sin la fe está destinada a perderse en la ilusión de la propia omnipotencia”. La cuestión social se convierte en “cuestión antropológica”. La investigación con embriones, la clonación, es la amargura del Pontífice, “son promovidas por la cultura actual” que “cree haber desvelado todo misterio”. El Papa teme “una sistemática planificación eugenésica de los nacimientos”. (74-75) Se evidencia, por tanto, que “el desarrollo debe comprender un crecimiento espiritual más allá que el material”. En fin, la exhortación del Papa a tener un “corazón nuevo” para “superar la visión materialista de los acontecimientos humanos”. (76-77)

En la Conclusión de la Encíclica, el Papa subraya que el desarrollo “tiene necesidad de cristianos con los brazos elevados hacia Dios en gesto de oración”, de “amor y de perdón, de renuncia a sí mismos, de acogida al prójimo, de justicia y de paz”. (78-79).


CELEBRAR EN EL ESPÍRITU SANTO

Actitudes, gestos, símbolos


INTRODUCCIÓN

Para situar correctamente este tema, nada mejor que asumir el planteamiento del Catecismo de la Iglesia Católica (CCE) que en su sencillez y sobriedad nos marca el camino a seguir: “En la Liturgia el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del Pueblo de Dios, el artífice de las ‘obras maestras de Dios’ que son los sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la Liturgia viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia” (n. 1091).

Así, pues, la obra del Espíritu en la liturgia de la Iglesia se concentra y resume paradigmáticamente en los sacramentos, que son las ‘obras maestras de Dios’. La liturgia, y en particular la liturgia sacramental, es el lugar de la acción y manifestación del Espíritu. En los sacramentos, más que en ningún otro momento, es donde la Iglesia “celebra la venida del Espíritu y toma conciencia de su presencia y de su acción. Más aún, es toda su oración la que sin cesar nos trae la voz del Espíritu Santo”.

El Espíritu realiza la obra de santificación de los hombres hasta su consumación. Él comunica la vida divi­na, porque es “Señor y dador de vida”, y lo hace sobre todo a través de los ‘signos sacramentales‘, que tienen su fuente en el misterio pascual de Cristo. En efecto, la obra de nuestra salvación fue llevada a cabo por Jesucristo: es él quien, en obediencia al Padre y para llevar a cabo su plan de salvación se encarnó, nació, vivió, murió y resucitó. Pero Jesucristo realizó su obra salvífica, la que el Padre le encomendó, en el Espíritu Santo (cf Lc 3,21/Hech 4,26; Lc 4,14/Hech 10,38; Lc 11,20; Heb 9,14). Y la continúa realizando en el mismo Espíritu (promesas del Pará­clito: Jn 14,16-17; 14,25-26; 15,26-27; 16,7-11; 16,12-15). Este es el cometido de su misión y presencia en la Iglesia: “hacer visiblemente presente a Cristo resucitado ‘a través de los signos’ para que los hombres se hagan ‘contemporáneos’ de sus acciones salvíficas”. En la economía de la encarnación, “la Iglesia es la dispensadora visible de los signos sagrados, mientras el Espíritu Santo actúa en ellos como dispensador invisible de la vida que significan. Junto con el Espíritu está y actúa en ellos Cristo Jesús” (Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n. 63).

Olegario González de Cardedal inicia la tercera parte de su libro Entraña del cristianismo, dedicada al Espíritu Santo, con esta afirmación fundamental: “El cristianismo tiene en la persona histórica de Cristo su entraña personal y su centro objetivo, pero ella no lo es todo, ya que constitutivamente se desborda hacia el Padre a quien revela y al Espíritu que envía a sus apóstoles. En un sentido el cristianismo está todo completo en Cristo y en otro está todo pendiente de la realidad que le otorga pervivencia histórica, verdad en las conciencias, potencia de vida y fecundidad universal. Esa realidad nueva es el Espíritu Santo”.

Pero esta ‘realidad nueva’ no es fruto de especulaciones gnósticas, sino un hecho de experiencia, la experiencia de su irrupción poderosa que, en los comienzos de la Iglesia, renovó la comunión de los discípulos con Jesús muerto y resucitado hasta hacer de ellos el ‘Cuerpo de Cristo’, la Iglesia. Este Espíri­tu “de tal modo vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio pudo ser comparado por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o el alma en el cuerpo humano”(Lumen Gentium  7).

Como el alma en el cuerpo, así el Espíritu en la Iglesia: la metáfora quiere significar interioridad, compenetración. La idea de ‘morada’ como símbolo de la presencia íntima y permanente del Espíritu constituye el trasfondo de muchos himnos e invocaciones litúrgicas y devocionales: “Ven, Espíritu creador, visita las almas de tus siervos”, “Ven, dulce huésped del alma…, entra hasta el fondo del alma”, “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles”.

El símbolo de la ‘morada’ como presencia íntima del Espíritu aparece también en la cuarta canción de Llama de amor viva, de San Juan de la Cruz: “¡Cuán manso y amoroso / recuerdas en mi seno, / donde secretamente solo moras; / y en tu aspirar sabroso / de bien y gloria lleno, / cuán delicadamente me enamoras!”.


1. PRESENCIA Y ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN LOS SACRAMENTOS


1.1. ¿Qué son los sacramentos?

Comenzamos con esta pregunta porque, como hemos dicho, la liturgia sacramental es el lugar donde el Espíritu Santo se manifiesta y actúa de un modo particular; por tanto, tenemos que empezar acotando y delimitando ese ‘lugar’. Brevemente, los sacramentos son signos de la presencia y de la obra salvadora de Jesús. Signos que no sólo apuntan, señalan o evocan la realidad salvífica, sino que la actualizan eficazmente: es decir, la obra salvadora de Jesús, la que el Padre le encargó y para la que fue enviado, se hace presente y actual, por mandato y voluntad suyos, en el signo sacramental. Los sacramentos nos actualizan y ponen en comunión con las obras salvíficas del Señor y, así, por ellos nos llega a nosotros hoy la salvación que Cristo realizó con su vida, muerte y resurrección. Eso quiere decir que el sacramento se sitúa y explica en el ámbito de la ‘mediación‘: hace posible el encuentro personal con Cristo, nos procura la participación de su salvación. La mediación pertenece a la estructura de la economía salvífica, que es radicalmente economía sacramental. Dios, la gracia, el reino, viene a nosotros, lo podemos percibir de algún modo y entrar en comunión con él mediante símbolos, palabras, experiencias que nos posibilitan el acceso a las realidades divinas desde nuestra condición humana. Cristo, con su encarnación, base y fundamento de la economía sacramental, es el Mediador: su carne media, trasluce, comunica entre vislumbres el misterio de Dios. Por eso, el punto de referencia y de comprensión del sacramento, de lo que es el sacramento en cuanto signo e instrumento de la comunión con Dios es Jesucristo, la salvación que él nos alcanzó y que ahora pone a nuestra disposición, durante el camino, en los distintos signos sacra­mentales y en las demás acciones litúrgicas.


1.2. Los sacramentos, obras de Cristo y del Espíritu

“¿Quién dicen los hombres que soy yo? [...] Tú eres el Cris­to [...]. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho [...], ser condenado a muerte y resucitar a los tres días”(Mc 8, 27-31).

La pregunta por Cristo, por su identidad, lleva a la pregunta por su ‘obra’, la que él realizó una vez por todas en su misterio pascual (misterio de su muerte y resurrección), y por el modo cómo esa obra llega hoy a nosotros en nuestra historia. Jesús se presenta en los evangelios como el Enviado del Padre para cumplir una misión, para realizar el plan de Dios, para llevar a cabo su voluntad salvífica respecto de nosotros y de la creación entera (cf Rom 8, 18-30; Ef 1,4-14). Esta ‘voluntad salvífica’, la realización de la misma, se concreta y expresa en el ‘reino’, al que por eso mismo invita Jesús a entrar desde el comienzo de su misión: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed la Buena Noticia”(Mc 1,15). Esta es la primera palabra de Jesús en el Evangelio de Marcos, y la última: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación”(Mc 16,15). Y la razón de este envío salvador la da el mismo Jesús en su diálogo con Nicodemo: “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”(Jn 3, 17).

Ahora bien, en la realización de esta misión interviene decisivamente el Espíritu Santo: pues a) por su medio se cumple el misterio de la Encarnación: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu esposa, porque lo concebido en ella viene del Espíritu Santo”(Mt 1,20); b) bajo su impulso Jesús realiza su misión: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto… [Después] volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu”(Lc 4,1.14). Por eso pudo decir el Bautista refiriéndose a Jesús: “aquél a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque le da el Espíritu sin medida”(Jn 3,34); c) la ofrenda de su vida en sacrificio está sostenida por el Espíritu Eterno: “Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!”(Heb 9,13-14); d) finalmente, el Padre lo resucita con la fuerza del Espíritu, pues como dice Pablo “Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre”(Rom 6,4), es decir, por el Espíritu Santo, de modo que “si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”(Rom 8,11). En resumidas cuentas, “habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da ‘sin medida’(Jn 3,34)” (CCE 1286).

Así, pues, el misterio de Cristo no se entiende sin el Espíritu. Y, en última instancia, “no podemos olvidar que el misterio trinitario es el origen y el término de la actividad de Cristo y del Espíritu en la historia de la salvación. La dimensión trinitaria es la que, en definitiva, da su verdadera hondura a los sacramentos”. Los sacramentos remiten a Cristo, son signos de Cristo, comunican y actualizan la obra de salvación que él realizó de parte del Padre y en el Espíritu Santo. Como en todas las realidades cristianas, el misterio Trinitario de Dios es quien sostiene, da consistencia y explica lo que en los sacramentos y en toda la liturgia celebramos, lo que se nos comunica en ellos y el Dios que actúa, el único Dios que la fe confiesa como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pues “el misterio de la Trinidad es origen del camino de fe y su término último, cuando al final nuestros ojos contemplarán eternamente el rostro de Dios” (Incarnationis mysterium. n.3. Bula de Juan Pablo II convocando al Gran Jubileo del Año 2000).

Jesús cumplió de manera definitiva e irrevocable el plan salvífico de Dios, aquel “misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al presente”(Rom 16,25s), “el misterio de su voluntad”(Ef 1,9): lo realizó en su vida pública sembrando la semilla de Reino con su palabra, sus signos de salvación, su cercanía a los pobres y pecadores como icono vivo de la misericordia del Padre. Esta visibilización o mostración del amor de Dios por nosotros a través de las palabras, de las acciones y de la vida entera del Señor, culmina en la cruz; aquí es donde se cumplen de veras las palabras de Jesús a Nicodemo: “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”(Jn 3,16). Y por eso en la cruz -dirá Pablo con fórmula audaz- estaba el Padre reconciliando al mundo consigo (2Cor 5, 18s). Pero Jesús muere, y desaparece de este mundo su figura y presencia visible. El misterio de la ascensión traduce simbólicamente este ser sustraído de este mundo, de la mirada y percepción de los hombres, del ámbito de los sentidos.


1.3. ¿De qué modo o cómo es ahora su presencia?

Es una presencia pneumática, ‘en el Espíritu’. Pentecostés simboliza la venida o descenso ‘visible’ a este mundo del Espíritu Santo: a la misión del Hijo sigue la misión del Espíritu. La presencia y obra de Cristo se perpetúan por los siglos ‘en’ el Espíritu Santo enviado, a petición suya, por el Padre: “Yo pediré al Padre, y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre… El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre”(Jn 14,16.26).

Cuando en la liturgia, y en la teología, empleamos la preposición ‘en’ para referirnos a la intervención del Espíritu, estamos diciendo que él es el ámbito de la presencia y de la acción de Dios y, en particular, de la presencia y acción de Cristo glorioso. El Padre “a quien nadie ha visto jamás”(Jn 1,18) se hizo en cierto modo visible y se acercó a nosotros por el Hijo: “el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha contado”(Jn 1,18); por eso, “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre”(Jn 14,9). Y Dios sigue viniendo a nosotros por el Hijo, pero ahora el ‘ámbito’ de esta presencia y acción divinas es ‘en’ el Espíritu Santo, artífice de la humanidad de Jesús sometida a la muerte y de su glorificación por la resurrección. Ahora, el Padre se nos comunica y nosotros llegamos a él por la carne gloriosa de Cristo, toda ella vivificada y transfigurada por el Espíritu: “El Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por él. Así tam­bién, el que me coma vivirá por mí… El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada”(Jn 6,57.63).

Ciertamente, el ámbito de la presencia y acción de Cristo ‘en’ el Espíritu Santo, es inconmensurable, no tiene fronteras ni de tiempo ni de espacio, ni de culturas ni de lenguas, ni de razas ni de religiones: “sopla donde quiere”(Jn 3,8). Sin embargo, él nos dejó unos ‘signos’ humildes y sencillos, verdaderamente universales, que concretan, acotan y visibilizan el espacio de la acción divina para no extraviarnos, para facilitarnos el camino: son los signos sacramentales, empezando por el signo-raíz que es la Iglesia. La Iglesia, en cuanto cuerpo visible-sacramental de Cristo, es el ámbito privilegiado de la acción del Espíritu: pues “donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí la Iglesia y la totalidad de la gracia” (San Ireneo, Contra las herejías, III,24,1) Por eso, Pentecostés, lo que allí ocurrió, la manifestación de la Igle­sia al descender sobre los Apóstoles el fuego de lo alto, es el sacramento del Espíritu. Jesús en su humanidad es el sacramento del Padre, su icono viviente, signo de su presencia y acción en el mundo: “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras”(Jn 14,10). De manera semejante y mutatis mutandis, la Iglesia suscitada e inhabitada por el Espíritu es el signo de su presencia y acción en el mundo.


1.4. El Espíritu remite siempre a Cristo

Según la promesa de Jesús en el discurso de la última cena, el Espíritu “os lo enseñará todo y os recorda­rá todo lo que yo os he dicho”(Jn 14,26); “él dará testimonio de mí”(Jn 15,26); “él os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir”(Jn 16,13).

El Espíritu, pues, remite todo a Cristo: la Iglesia tiene su cimiento y raíz en el costado abierto del Señor, pero se levanta y edifica en el Espíritu Santo. Por eso Jesús, al morir, nos entregó el Espí­ritu (Jn 19,30). El Espíritu viene a nosotros por medio de la ‘partida’ de Jesús de este mundo al Padre. Pues hasta entonces “aún no había Espíritu, ya que toda­vía Jesús no había sido glorificado”(Jn 7,39). Pero en cuanto esto ocurrió, “al atardecer de aquel primer día de la semana… se presentó Jesús en medio de ellos… sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”(Jn 20,19-22).

Al denominar a la Iglesia ‘sacramento principal’ estamos diciendo que ella es el lugar de la presencia y acción de Cristo por excelencia, no por exclusividad, porque Cristo es más que su propia ‘obra’ y por eso no puede quedar encerrado ni limitado ni condicionado por ella. “En efecto, los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna”(LG 16).


1.5. La presencia de Cristo en la Iglesia no es separable de la presencia y acción del Espíritu que es quien suscita y edifica la Iglesia.

La Iglesia tiene su origen y fundamento en el ‘misterio pascual’ que abarca los dos polos, o misiones, de la intervención divina: Pascua y Pentecostés. La ‘condición sacramental’ alude al signo externo, a la realidad visible, y a la acción divina, invisible, actuando a través de él. Tal condición es aplicable a la Iglesia y de forma eminente. Por eso el Concilio pudo decir que la Iglesia es “en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”(LG 1). Junto con la referencia a Cristo como constitutiva del signo sacramental, hay que añadir la referencia al Espíritu, igualmente constitutiva. Porque “cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia y de esta manera los creyentes pudieran ir al Padre a través de Cristo en el mismo Espíritu”(LG 4). La misión del Espíritu está en relación con su obra de santificación de la Iglesia como sacramento principal, y dentro de ella, de los signos sacramentales. En Pentecostés suscitó a la Iglesia en las personas de los apóstoles, santificándolos, llenándolos de sí, transformándolos: “Esta es la fuerza / que pone en pie a la Iglesia / en medio de las plazas / y levanta testigos en el pueblo, / para hablar con palabras como espadas / delante de los jueces” (Liturgia de las Horas: Himno de tercia). El mismo Espíritu santifica igualmente los signos sacramentales para hacer de ellos signos eficaces de la pre­sencia y acción de Cristo.

Es, pues, necesario “contemplar conjuntamente la acción de Cristo y la acción del Espíritu en los sacramentos, porque así aparecen ambas, indisolublemente ligadas entre sí, en la realidad sacramental de la Iglesia, como lo estuvieran en la historia de la salvación. Las dos acciones se complementan e iluminan mutuamente”­.


1.6. La fuerza sanadora de Jesús obra en los sacramentos por el Espíritu Santo

Jesús, durante su vida pública, inauguró el Reino de Dios, la presencia de la salvación escatológica, a través de diversos ‘signos’, que eran eficaces por la fuerza que salía de él, esa fuerza divina que había descendido sobre él con ocasión de su bautismo, cuando “se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal como una paloma”(Lc 3,21s).

Pero el gran signo o sacramento de su obra de salvación fue su muerte y resurrección, el misterio pascual. Aquí se fundan y de aquí se alimentan y nutren todos los sacramentos y sacramentales (cf SC 61), empezando por la Iglesia que brota del costado de Cristo muerto en la cruz. Los sacramentos son, en el ámbito del sacramento principal, la Iglesia, los signos por medio de los cuales Cristo continúa, presencializa y comunica su obra de salvación. Y como su ministerio mesiánico se inició bajo la unción del Espíritu que vino sobre él y le llenó de su fuerza para hacer signos y prodigios de salvación (cf Lc 4,18-21), así también hoy el mismo Espíritu desciende sobre los sacramentos para hacer de los dones de la tierra (pan, vino, agua, aceite) y del corazón del hombre bien dispuesto signos de la presencia y acción sanadora de Cristo. La fuerza que salía de Jesús y curaba (cf Lc 5,17; 6,19; 8,46) es la misma fuerza que brota de los sacramentos: esta fuerza santificadora y sanadora es el Espíritu Santo. El Espíritu santifica a la Iglesia y así la hace ‘cuerpo-sacramento’ de Cristo, y, en este ‘cuerpo’, santifica y consagra los dones sacramentales para hacer de ellos signos de la presencia y salvación de Cristo. Pues como enseña el Catecismo, “los siete sacramen­tos son los signos y los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo.” (774).


1.7. El Espíritu Santo, ámbito divino de la acción litúrgica

Aunque la Iglesia en su liturgia no acostumbra a dirigirse directamente al Espíritu, sin embargo, toda ella, toda la liturgia, está penetrada por su presencia. Por eso se puede decir que la liturgia, sobre todo la litur­gia sacra­mental, es la obra común del Espíritu y la Iglesia (cf CCE 1091).

Lo que Cristo hizo, su obra de salvación que realizó de múltiples modos culminando en la cruz y resurrección, hoy se actualiza por medio de los sacramentos que él nos dejó como signos eficaces de su presencia y acción salvífica. Pero tanto entonces como ahora Cristo actúa en el Espíritu Santo bajo su impulso y moción: es el ámbito divino de su presencia y acción salvífica. El Espí­ritu Santo actualiza, santifica, permanentemente el signo principal, la Iglesia, que él suscitó y edifica como ‘cuerpo-sacramento’ de Cristo, y en ella, hace continuamente presente a Cristo y su obra a través de los signos sacramentales. La acción del Espíritu Santo en los sacramentos deriva y está en estrecha continuidad con su influjo y presencia en la vida y obra de Jesús.

Los sacramentos son, pues, signos de Cristo en el Espíritu Santo, en cuanto que el Espíritu los llena de Cristo y de su salvación. Ahora bien, si el modo de presencia de Cristo entre nosotros después de la ascensión es ‘en el Espíritu’, y si la presencia de Cristo se actualiza de una manera particular en los sacramentos, éstos no pueden entenderse sin la acción santificadora del Espíritu. El paso de Cristo a los sacramentos no puede darse si no es en el Espíritu Santo.


CELEBRAR EN EL ESPÍRITU SANTO (2)


1. Actitudes fundamentales

La liturgia es un conjunto de acciones, palabras, gestos, signos y símbolos mediante los cuales celebramos la salvación. Por su misma naturaleza, el marco en que la liturgia se desenvuelve es fijo, no se inventa cada día; este marco estable, conocido, es el rito, los distintos ritos que configuran la celebración.

Contando con esto, a saber, con la estructura ritual de la celebración, la creatividad, como la inculturación, en la liturgia tiene cabida hasta cierto punto, puesto que lo fundamental de la acción litúrgica nos es dado, no es conquista nuestra. El entramado de palabra y elemento material que constituyen el signo sacramental nos precede siempre. Lo que la Iglesia, en la presencia y bajo la fuerza del Espíritu, celebra en la liturgia es la historia de la salvación, siempre de nuevo actualizada, es decir, hecha presente, ofrecida como don y gracia, como invitación y posibilidad de entrar en esa historia, de ser alcanzados por la gracia que en ella actúa y se revela. Pero esta ‘historia de salvación’ en sus componentes esenciales ya ha sido realizada (carácter escatológico del misterio y obra de Cristo); no es que la historia de la salvación se haya concluido al escribirse la última página de la Biblia, como si nosotros y los que vengan detrás de nosotros no fuésemos más que meros espectadores de esta ‘historia de libro’ ya cerrada; la historia de la salvación continúa haciéndose con nosotros y hasta la gloriosa venida de nuestros Señor Jesucristo. Pero la forma de hacerse esta historia de salvación hoy es desde aquella historia ya realizada “una vez para siempre”(Heb 9,12), incorporándonos a ella, a su dinamismo salvífico actuado y hecho presente por el Espíritu Santo.

La liturgia es la memoria viva de esta historia; y decir ‘memo­ria’ es contarla incesantemente. La palabra que configura el sacramento, que cuenta la historia de salvación que en la celebración se actualiza, es siempre la misma y se contiene en el libro de la revelación, en la Sagrada Escritura. Por lo cual, ninguna creatividad, ninguna inculturación de la liturgia, en cualquier situación histórica, geográfica o cultural, podrá prescindir jamás de esta palabra, de este relato, de esta historia, si quiere hacer memoria, actualizar la obra de la salvación realizada por Dios en favor nuestro.

Pero tampoco podremos saltarnos los símbolos fundamentales, en los que y por medio de los que la palabra se materializa, se encarna y así se nos comunica la salvación a nuestra medida y según nuestra condición. Estos símbolos también se nos han dado, no han sido inventados o escogidos por nosotros: la cruz, el pan y el vino, el agua, el aceite, la imposición de manos, la oración sálmica, la plegaria eucarística. Los límites de la creatividad o de la inculturación son estrechos, son los límites mismos impuestos por la autolimitación (o kénosis) de Dios en la encarnación del Verbo. Por tanto, “cualquiera que sea su origen étnico y cultural, los cristianos deben reconocer en la historia de Israel la promesa, la profecía y la historia de su salvación. Reciben los libros del Antiguo Testamento lo mismo que los del Nuevo como palabra de Dios. Y aceptan los signos sacramentales, que no pueden ser plenamente comprendidos sino mediante la Sagrada Escritura y dentro de la vida de la Iglesia. [...] La Biblia ofrece [...] a la liturgia lo esencial de su lenguaje, de sus signos y de su oración” (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, La Liturgia Romana y la Inculturación. IV Instrucción para aplicar debidamente la constitución conciliar ‘Sacrosanctum Concilium’(nn.37-40), nn.19.23 (Ecclesia n.2692, 2-7-1994).)

Esto viene a cuento para subrayar el carácter ritual de la liturgia, es decir, para mostrar que la incesante repetición de palabras, gestos y ritos no es un capricho de la Iglesia, como tampoco de las demás religiones con sus respectivos rituales, sino que se corresponde con la naturaleza de la celebración de la salvación ya acontecida una vez, y que siempre se actualiza precisamente a través del testimonio, del relato y de los símbolos que el Señor nos dejó en memoria suya.

Ahora bien, el ritual inevitable puede degenerar, si no se ponen las debidas cautelas, en ritualismo probable, cuya consecuencia más lamentable es el vaciamiento expresivo del rito y, con ello, su misma función simbólico-comunicativa. El lenguaje ritual con su fijeza, su estilo solemne y descolgado de la calle, con sus gestos moldeados por el paso de los siglos, puede engullir al Espíritu y neutralizar la novedad, la libertad, la sorpresa de Dios. Como no se trata de una mera posibilidad, sino de un riesgo real al que el hombre religioso está expuesto, y más que expuesto, tiene suma importancia la recomendación de Santa Teresa acerca de las actitudes con que hay que entrar en la oración o en la celebración de los sagrados misterios. Y aquí parece estar el ‘quid’ de la cuestión. Si, con frecuencia, no se consigue hacer vivas, significativas, atractivas las celebraciones litúrgicas, es porque falta algo previo y fundamental: una adecuada disposición ‘religiosa’ para entrar en la celebración. ¿Para qué son los ritos, qué transmiten los ritos, en comunión con quién nos ponen? El problema, el verdadero problema, es hoy ‘Dios’, no los ritos, y menos los ritos sacramentales que, al fin y al cabo, en sus elementos fundamentales, proceden de Él y remiten a Él. Cada vez nos cuesta más imaginarnos a Dios, tener noticia de Dios, respirar a Dios, porque la cultura secularizante lo ha arrinconado, lo ha quitado de la vista y arrancado del corazón. Por eso no es seguro que con un mero cambio de ritos, con la modernización de la liturgia, íbamos a llegar mejor a Dios y a experimentarlo más cercano. Algo de esto ya se ha intentado, y se continúa intentando, de diversas maneras, por ejemplo, con liturgias para jóvenes o para niños, sin que muchos de ellos acaben por alcanzar una experiencia viva de Dios y por eso siguen desertando masivamente de la Iglesia.

Celebrar en el Espíritu Santo es celebrar bajo su influjo, en su atmósfera vital, es empezar tomando conciencia de adónde venimos, ante quién estamos, quién nos ha convocado, quién nos habla, a quién rezamos y cantamos, qué es lo que celebramos.

Esta catequesis inicial es fundamental para el logro de la celebración; porque si no se consigue crear un clima religioso adecuado que ayude a todos los participantes a tomar conciencia de lo que van a celebrar, y por tanto, de las actitudes y disposiciones que deben poner en juego, entonces es muy difícil que la celebración sea fructuosa en verdad, y no un mero y aburrido sucederse de palabras y gestos incomprensibles y nada interesantes. En todas las celebraciones habría que crear ese ambiente religioso, y de un modo particular en la misa.

Clima de oración, actitud orante, disposición a la escucha de la palabra y a la participación en el sacrificio eucarístico: todo esto intentan suscitar los ritos de introducción de la misa. Pero si en este primer momento no se entra, ¿cómo se va a acoger con fe la palabra?, y si la palabra resbala, ¿cómo se va a participar con fruto del sacramento? Y ya se puede acudir a misa todos los domingos, y se puede incluso comulgar en cada misa, como falte esta primera disposición, como la actitud fundamental de ponerse en presencia de Dios, de abrirse a la acción del Espíritu Santo, esté ausente, entonces todo se reducirá a “mucho menear los labios”.

Esta actitud de apertura al Espíritu Santo para celebrar el misterio de la salvación y entrar en comunión con Dios, se exige a toda la asamblea celebrante y, de un modo particular, a su presidente, es decir, a aquel que representa y actúa en nombre y en la persona de Cristo cabeza de la Iglesia. Pues aquí, y especialmente aquí, se percibe rápida­mente quién actúa identificándose con el misterio que trae entre manos o lo hace al modo de un funcionario con poco sueldo y mucho trabajo. También al presidente de la celebración le amenaza el peligro de “mucho menear los labios”.


2. Celebrar en el Espíritu Santo: Gestos de su presencia

Junto a la actitud de adoración, interiorización y reverencia (el ‘temor del Señor’ como principio de la sabiduría), que conviene cultivar para entrar en la acción litúrgica con buen pie, la celebración ‘en’ el Espíritu Santo se expresa también a través de determinados ‘gestos’: es la actitud hecha gesto corporal. Empezando por la señal de la cruz.

Romano Guardini tiene a este propósito una reflexión preciosa que merece la pena recordar por extenso: “Cuando hagas la señal de la Cruz, procura que esté bien hecha. No tan de prisa y contraída, que nadie la sepa interpretar. Una verdadera cruz, pausada, amplia [...]. ¿No sientes cómo te abraza por entero? Haz por recogerte; concentra en ella tus pensamientos y tu corazón, según la vas trazando [...], y verás que te envuelve en cuerpo y alma, de ti se apodera, te consagra y santifica. ¿Y por qué? Pues porque es signo de totalidad y signo de redención. En la Cruz nos redimió el Señor a todos, y por la Cruz santifica hasta la última fibra del ser humano. De ahí el hacerla al comenzar la oración, para que ordene y componga nuestro interior, reduciendo a Dios pensamientos, afectos y deseos; y al terminarla, para que en nosotros perdure el don recibido de Dios; y en las tentaciones, para que El nos fortalezca; y en los peligros, para que El nos defienda; y en la bendición, para que, penetrando la plenitud de la vida divina en nuestra alma, fecunde cuanto hay en ella. Considera estas cosas siempre que hicieres la señal de la Cruz. Signo más sagrado que éste no le hay. Hazlo bien: pausado, amplio, con esmero. Entonces abrazará él plenamente tu ser, cuerpo y alma, pensamiento y voluntad, sentido y sentimiento, actos y ocupaciones; y todo quedará en él fortalecido, signado y consagrado por virtud de Cristo y en nombre de Dios uno y trino”.

La celebración eucarística, como las demás acciones litúrgicas, comienza con este gesto: “terminado el canto de entrada, el sacerdote y toda la asamblea hacen la señal de la cruz” (OGMR 28); sigue luego la triple signación (‘persignarse’) en la frente, en los labios y en el pecho, un gesto que es muy significativo como expresión, en primer lugar, del paso de la palabra oída al entendimiento, signándose en la frente, pues como Jesús mismo nos explicó, “sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado a lo largo del camino… Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la entiende: éste sí que da fruto” (Mt 13, 19.23). En segundo lugar, el signo de la cruz se hace en los labios, porque la palabra recibida, como la luz encendida, es para proclamarla luego a los demás, de modo que alumbre a todos (cf Mt 5,14-16), estando “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1Pe 3,15). Y en tercer lugar, el signo de la cruz se traza sobre el pecho, porque, en última instancia, si la palabra no penetra dentro animando y transformando el corazón, no dará el fruto esperado (cf Sant 1,22ss: Rom 2,13 y la advertencia de Jesús sobre la importancia de ‘cumplir’ o ‘poner en práctica’ la palabra sobre cualquier otra circunstancia, incluidos los lazos carnales más estrechos [Lc 8,21; 11,27s]).

En la celebración eucarística, el Espíritu hace del gesto de la señal de la cruz un memorial de Cristo y de su obra salvífica: al comienzo de la misa uniendo gesto e invocación como ámbito de sentido de toda la celebración: Dios Trinidad y la obra de la redención; en el Evangelio como culmen de la palabra de Dios actuando en la historia, pues es la palabra del Verbo encarnado; y al final como prenda de bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu sobre los que han participado en los sagrados misterios. Pero el signo que más directamente expresa la presencia santificadora del Espíritu es la extensión de las manos del sacerdote (y concelebrantes) sobre los dones del pan y del vino en la epíclesis junto con el gesto de bendición de los mismos. La consagración se realiza por la fuerza de lo alto, es decir, del Espíritu, que vivifica las palabras de Cristo que el sacerdote pronuncia en su persona, para que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y en la sangre del Señor.

Según el Catecismo, “este signo de la efusión todopoderosa del Espíritu Santo, la Iglesia lo ha conservado en sus epíclesis sacramentales” (699). Así, en el bautismo de los niños, cuando por razones pastorales se omite la unción prebautismal, el ministro dice: “Os fortalezca el poder de Cristo Salvador, que vive y reina por los siglos de los siglos”, e inmediatamente impone la mano sobre cada uno de los niños, sin decir nada. En el rito de la confirmación la imposición de manos se relaciona explícitamente con la efusión del Espíritu pentecostal: “Es esta imposición de manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia la gracia de Pentecostés”.

Los dos sacramentos llamados de curación (reconciliación-unción) también mantienen el gesto de la imposición de manos: en la absolución sacramental el sacerdote extiende ambas manos o, al menos la derecha, sobre la cabeza del penitente. En la unción de los enfermos, inmediatamente antes de la liturgia del sacramento el sacerdote, en silencio, impone las manos sobre la cabeza del enfermo. Finalmente, en los dos sacramentos al servicio de la comunidad, orden y matrimonio, la imposición de manos expresa también un simbolismo epiclético, aunque con valor diferente en cada uno de ellos. Según el Pontifical Romano, este gesto se realiza en silencio en la ordenación episcopal: primero impone las manos el obispo ordenante principal y luego los demás obispos presentes; en la ordenación de presbíteros el obispo impone las manos sobre el elegido y luego todos los presbíteros presentes; en la ordenación de diáconos sólo el obispo impone las manos. El Ritual del matrimonio prevé la extensión de las manos sobre los esposos en la bendición nupcial después del padrenuestro con claro contenido epiclético.

Finalmente, el mismo gesto epiclético de la efusión del Espíritu que simboliza la extensión de las manos, se hace en la oración de consagración del santo crisma por el obispo; también aquí, en el momento central de esta oración, los presbíteros concelebrantes extienden las manos sobre la vasija del crisma o crismera: “A la vista de tantas maravillas, te pedimos, Señor, que te dignes santificar con tu bendición [+] este óleo y que, con la cooperación de Cristo, tu Hijo, de cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de crisma, infundas en él la fuerza del Espíritu Santo…”.


PARA COMPRENDER LA PRESENCIA DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA (1)

La Eucaristía es el sacramento mayor de la fe, el signo más sagrado de la fe, porque en él encontramos a Cristo mismo, porque en él Cristo nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre, es decir, nos introduce en el misterio salvador de su muerte y resurrección. ¡Cristo está realmente presente en el Sacramento del Altar! Según el Catecismo para adultos de la Conferencia episcopal alemana, “esta presencia real de Jesucristo constituye el corazón de la Eucaristía; por eso, su primacía respecto de los otros sacramentos consiste en que no sólo confiere la gracia, sino que hace presente en nosotros de un modo muy especial la fuente misma de la gracia, al mismo Jesucristo”. Para comprender el misterio de la presencia real, verdadera, de Cristo en la Eucaristía tenemos que considerar otras formas de presencia que nos ayudan a situar correctamente la presencia eucarística, que, como dice el siervo de Dios Juan Pablo II, es “lo que más pone a prueba nuestra fe”.

a) Cristo está presente en el universo como su creador y sustentador. El Evangelio de San Juan comienza afirmando la acción creadora del Verbo: “en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios… Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho”(Jn 1,1ss). Pablo, recogiendo un himno cristológico de la comunidad primitiva, añade que “por medio de él [el Hijo], fueron creadas todas las cosas, celestes y terrestres, visibles e invisibles… Todo fue creado por él y para él”(Col 1,16s). Pero lo que existe, el universo mundo, no fue creado por medio del Hijo y después abandonado a sí mismo; el cosmos existe porque el Hijo no lo deja de su mano: “Todo se mantiene en él”(Col 1,17) ; más aún, “él sostiene el universo con su palabra poderosa”(Heb 1,3).

Pero Cristo no está presente en el mundo sólo como su creador y como aquel que lo mantiene en el ser, sino también en virtud de su resurrección. En efecto, al resucitarle de entre los muertos Dios hizo que “todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra”(Ef 1,10). Pues “todo lo sometió bajo sus pies”(Ef 1,22). Por la resurrección de Cristo, una parte del mundo creado, el cuerpo que tomó de santa María la Virgen y que fue colgado en la cruz y depositado en el sepulcro, ha sido transfigurada y ha penetrado en el mundo de Dios. Desde entonces, toda la creación anhela, entre gemidos como de parto, alcanzar el mismo destino, aspira a “participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”(Rom 8,21).

b) Un segundo grado o forma de presencia de Cristo acontece en el ámbito de la Historia humana que es abarcada por Cristo, puesto que él existe desde siempre y para siempre, él es el que es, el que era y el que vendrá (Ap 1,4), él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin (1,8; 22,13). Como Verbo de Dios encarnado, Cristo abraza el tiempo entero de los hombres, y por eso sus acciones salvíficas, sobre todo el misterio pascual de su pasión, muerte y resurrección, atraviesan las fronteras del tiempo haciéndosenos presentes en las distintas celebraciones litúrgicas, siendo la Eucaristía el centro y consumación de todas ellas. El Concilio, citando un texto de Pablo VI, afirma que Cristo “es el fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones”(GS 45).

Cristo está presente en la Historia conduciéndola a su plenitud, aun en medio de constantes fracasos y retrocesos. Por encima y más allá del mal invadiendo el mundo, entenebreciendo las mentes y trastornando el corazón de los hombres hasta convertirlos en bestias (guerras, genocidios, terrorismo, tráfico de armas, de drogas y de seres humanos etc.) está la victoria de Cristo resucitado: en él la muerte ha sido vencida y el pecado derrotado. “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!”(1Cor 15,55-57). Por eso, cuando más parece que el mal y el pecado lo penetran todo, tenemos que reafirmar con más energía que el mal no prevalecerá jamás, que la Historia camina hacia su plenitud en Dios.

La presencia de Cristo en la Historia toma forma concreta en cada hombre y en cada mujer, porque, como dice el Concilio Vaticano II, “el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre”(GS 22). Al asumir una carne como la nuestra, nos incorporó a todos a él, a su realidad divina. La encarnación es el comienzo de la salvación del género humano, independientemente de razas y colores. Si Dios se hizo hombre, todo ser humano por el hecho mismo de serlo fue alcanzado por Dios, abrazado por él en el Hombre-Dios Jesucristo.

Pero esta presencia abarcadora de todos los seres humanos en el misterio de la encarnación, se hace más cercana y perceptible en algunos hombres y mujeres con los que Jesús se identifica preferencialmente. Cristo está presente, según su palabra, en los pobres, en los enfermos, en los encarcelados, en los excluidos, en los emigrantes, y se trata de una presencia tal que según lo hayamos o no reconocido alcanzaremos la salvación: “Venid, benditos de mi Padre; recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y fuisteis a verme”. “Pues en verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”(cf Mt 25,31-46). Como Cristo se esconde en los últimos, en los pobres y marginados de la sociedad opulenta, hace falta un grado superior de fe para reconocer su presencia en ellos. Es la fe de una beata Teresa de Calcuta saliendo todas las tardes a recoger a los moribundos de las calles de Calcuta para llevarlos a casa a morir en los brazos del amor de las Hermanas de la Caridad. Por lo general, preferimos apartar la vista de los menesterosos cuya sola mirada nos incomoda y desconcierta. Y, sin embargo, Cristo se identifica con ellos: “conmigo lo hicisteis”, nos dirá si lo acogemos en los pobres, o “dejasteis de hacerlo conmigo”, si pasamos de largo y nos desentendemos de ellos.

Cristo está presente en los discípulos, especialmente en los que él envía a predicar la buena noticia del reino de Dios: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado…; cualquiera que le dé a beber aunque sólo sea un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños porque es mi discípulo, no perderá su recompensa, os lo aseguro”(Mt 10,40-42). En el enviado se hace presente el que lo envía. En Jesús encontramos al Padre que lo ha enviado: “Quien me ve a mí está viendo al Padre”(Jn 14, 9). A través de él obra y habla el Padre. De igual modo, en los discípulos encargados de anunciar el Evangelio y realizar la obra de la salvación hallamos a Cristo que los envía: “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo”, dijo el Señor en la oración de despedida (Jn 17,18), y volvió a repetir el mismo encargo en la tarde de la resurrección: “Como el Padre me ha enviado os envío yo también… Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados les quedarán perdonados…”(Jn 20,21-23).

También está Cristo presente, y de una manera particular, en los cristianos perseguidos; así se lo hizo saber Jesús a Saulo cuando se dirigía a Damasco en busca de los discípulos para traerlos encadenados a Jerusalén: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Preguntó él: ¿Quién eres, Señor? Respondió la voz: Soy Jesús, a quien tú persigues”(Hech 9,4-6). Conviene recordar esta identificación de Jesús con los perseguidos a causa de su nombre porque el martirio sigue siendo la gran prueba de la fe también en nuestro tiempo. El siglo XX  ha sido el siglo del martirio; nunca antes, en la bimilenaria historia de la Iglesia, fueron asesinados tantos discípulos de Cristo, de todas confesiones cristianas, en Europa sobre todo, pero también en América, en Asia y en África. No ha empezado mejor el nuevo milenio, pues los cristianos siguen siendo perseguidos y discriminados en muchos lugares del planeta por el fanatismo ideológico y religioso. En ellos tenemos que volver a escuchar la voz de Jesús: él es, en verdad, el Perseguido en todos los discípulos perseguidos.

Finalmente, otra forma de presencia de Cristo, junto con el Padre, se da en el alma del justo. Según su promesa, “el que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”(Jn 14,23). A esta forma de presencia o inhabitación del Padre y del Hijo hay que añadir la del Espíritu. La primera promesa del Paráclito que Jesús hace durante la Última Cena se refiere a esta presencia: “Yo le pediré  al Padre que os dé otro abogado que esté siempre con vosotros: el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no le ve ni le conoce; vosotros, en cambio, le conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros”(Jn 14,16s). Pablo insistirá en esta presencia materializándola incluso: “Sabéis muy bien que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros porque Dios os lo ha dado”(1Cor 6,19; cf 3,16s).


PARA COMPRENDER LA PRESENCIA DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA (2)

Una tercera forma de presencia de Cristo que nos acerca más a su presencia eucarística, es la que tiene lugar en la Iglesia.  Según la conocida imagen paulina (1Cor 12,12ss; Rom 12,4ss), la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, del cual él es la Cabeza. Eso significa que no podemos separar el cuerpo de la cabeza; ambos forman el único organismo animado y vivificado por el Espíritu Santo: el Cristo total, que dirá San Agustín (si bien el símbolo del cuerpo hay que equilibrarlo con el de esposa que Pablo aplica también a la Iglesia (Ef 5,33), resaltando de este modo la primacía de Cristo sobre la Iglesia). Así pues, Cristo está presente a su Iglesia, que es su Cuerpo, como su Cabeza. Sin él, sin la cabeza, el cuerpo no tendría vida. Entramos a formar parte de este Cuerpo mediante el bautismo: desde ese momento somos miembros de Cristo y, por tanto, gozamos de su presencia a través sobre todo de los signos que él nos ha dejado para comunicarnos su salvación. Como nos recuerda el Concilio: “En ese cuerpo, la vida de Cristo se comunica a los creyentes, quienes están unidos a Cristo paciente y glorioso por los sacramentos, de un modo arcano, pero real”(LG 7). Jesús, antes de ascender al cielo, garantizó a la Iglesia su presencia: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”(Mt 28,20). A Cristo le encontramos en la Iglesia porque ésta es su cuerpo y esposa.

Un grado más, dentro de la presencia de Cristo en su Iglesia, es la que tiene lugar en la liturgia. Según el Concilio, la liturgia es la acción sagrada por excelencia de la Iglesia cuya eficacia con el mismo título y en el mismo grado no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia. La liturgia es obra de Cristo y de la Iglesia, en ella actúa Jesucristo como Sumo y Eterno Sacerdote. El Concilio ha detallado las distintas formas de presencia de Cristo en la liturgia (SC 7).

Ante todo, está presente en la asamblea: “Donde dos o tres está reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”(Mt 18,20). En efecto, la asamblea litúrgica es la reunión de los discípulos de Jesús convocados por él, bien para celebrar los sagrados misterios, bien para orar en común, o para  cualquier otra acción litúrgica. La asamblea litúrgica es expresión y presencia de la Iglesia que está unida a Cristo como a su Cabeza y como Esposa, y por eso mismo él garantiza su presencia en medio de ella.

Cristo está presente en su palabra, pues “cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es él quien habla”. La expresión “en la Iglesia” alude a la proclamación de la Palabra de Dios en la celebración litúrgica, cuando la Iglesia se reúne en el Espíritu Santo convocada por el Señor para celebrar el culto divino. Se trata de una proclamación solemne, en ella Cristo habla a su Iglesia, y la Iglesia escucha en la obediencia de la fe la Palabra que su Señor le dirige. A través de la proclamación de las Sagradas Escrituras, Cristo ilumina las mentes de los cristianos reunidos para que puedan reconocerle luego en la mesa del sacramento, en la fracción del pan. Es la experiencia de los discípulos de Emaús: según el siervo de Dios Juan Pablo II, las palabras del Resucitado que se acerca a ellos y les ilustra acerca de los hechos ocurridos el  Viernes Santo echando mano de las Sagradas Escrituras (cf Lc 24,13-35), “hacen ‘arder’ los corazones de los discípulos, los sacan de la oscuridad de la tristeza y desesperación y suscitan en ellos el deseo de permanecer con Él: ‘Quédate con nosotros, Señor’… Es significativo que los dos discípulos de Emaús, oportunamente preparados por las palabras del Señor, lo reconocieron mientras estaban a la mesa en el gesto sencillo de la ‘fracción del pan’. Una vez que las mentes están iluminadas y los corazones enfervorizados, los signos ‘hablan’. La Eucaristía se desarrolla por entero en el contexto dinámico de signos que llevan consigo un mensaje denso y luminoso. A través de los signos, el misterio se abre de alguna manera a los ojos del creyente”. Por tanto, según este precioso texto de la Carta apostólica para el Año de la Eucaristía, los signos ‘hablan’, dicen algo, si previamente han sido iluminados por la palabra, o sea, si la escucha atenta de la Escritura enciende la llama de la fe.

Cristo está presente en los sacramentos como signos suyos que son mediante los cuales él nos comunica la salvación. En los sacramentos encontramos a Cristo, él actúa realmente en ellos y por ellos: Cristo es el que bautiza, el que nos da el Espíritu Santo, el que perdona los pecados, el que conforta a los enfermos con el óleo santo, el que une en matrimonio a los esposos, el que consagra a sus ministros. La indignidad de los ministros no impide a Cristo actuar en los sacramentos, aunque sí obstaculiza la acción salvífica de Cristo sobre todo en los más débiles en la fe.

Finalmente, Cristo está presente en el santo sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro que actúa representándole a él (in persona Christi), sea sobre todo  en las especies eucarísticas, en el pan y en el vino consagrados. Esta forma de presencia “se dice real, no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por excelencia” (Pablo VI). ¿Por qué se habla, en relación con la Eucaristía, de presencia real por excelencia? Porque se trata de una forma de presencia del todo singular. En los demás sacramentos, Cristo está presente mientras se realiza el rito bautismal o de la penitencia o del matrimonio etc, en cambio, en la eucaristía la presencia de Cristo es permanente, dura tanto como duren las especies consagradas.

Es además una presencia personal, y no sólo de su virtud o poder salvífico, es la presencia del mismo Señor que se realiza por la transformación de los dones del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre, es decir, en su misma realidad personal. La Iglesia confiesa que este cambio acontece en el nivel de la ‘sustancia’, es decir, de la realidad última del ser-pan y del ser-vino más allá de lo que aparece y puede verificarse por los sentidos. En este plano ‘sustancial’ tiene que darse la transformación, puesto que no se produce ningún cambio en los elementos visibles ni en la naturaleza físico química del pan y del vino. Por eso el cambio que acontece en los dones eucarísticos se llama transustanciación. “La presencia de Cristo se refiere a la esencia (sustancia) del pan y del vino, que no es accesible a la experiencia humana. El pan y el vino pierden en la Eucaristía su ser y su sentido natural como alimento corporal y reciben un nuevo ser y un nuevo sentido. Son, pues, signos reales de la presencia real y de la entrega personal de Jesucristo… La palabra ‘transustanciación’ significa que en la Eucaristía, bajo las especies de pan y de vino, se hace presente una nueva realidad, la nueva realidad”. O como dice J. Ratzinger: “Con relación a la Eucaristía, la fe nos asegura que la sustancia es transformada, lo que equivale a decir que cambia el verdadero fundamento del ser. De esto es de lo que se trata y no de lo que está en la superficie, en donde entra todo lo que es mensurable y aprehensible”.


PARA COMPRENDER LA PRESENCIA DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA (3)

¿Cómo se convierten el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor? Por las palabras del Señor y por el poder del Espíritu Santo. ¿Qué palabras? Las que él mismo pronunció sobre el pan y el cáliz en la Última Cena y que la liturgia recoge en el momento  de la consagración. Las citamos tal como aparecen en la II Plegaria Eucarística: El Señor “cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS.

Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz, y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo:

TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR TODOS LOS HOMBRES PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN CONMEMORACION MÍA”.

En estas palabras, Jesús identifica el pan que tiene en sus manos con su cuerpo, es decir, con su persona que se entrega a la muerte en sacrificio por la salvación del mundo. Luego, al pasar el cáliz, afirma que el vino que les da a beber es su propia sangre, es decir, su vida entregada para el perdón de los pecados. En las palabras sobre el cáliz, Jesús habla de su sangre y de la alianza nueva y eterna; con la ‘sangre’ alude a su muerte sacrificial, él entiende su próxima muerte como el sacrificio último y definitivo ofrecido a Dios por el perdón de los pecados. Con el término ‘alianza’ se refiere a la nueva relación o pacto amistoso que, por la muerte de Cristo, Dios establece con la humanidad.

Para entender el lenguaje que emplea Jesús en la institución de la Eucaristía, memorial de su sacrificio redentor, es necesario remontarse a la primera alianza. Es la que selló Dios con su pueblo después de la liberación de la esclavitud de Egipto, junto al monte Sinaí. En el capítulo 24 del libro del Éxodo se nos cuenta pormenorizadamente los detalles de este acontecimiento fundamental para la historia del pueblo de Dios de la antigua alianza. Dios comunica a Moisés las condiciones o estipulaciones de la alianza, o sea, los preceptos y mandatos (los Diez Mandamientos) que el pueblo debe cumplir en respuesta a la elección de Dios, luego Moisés se los lee al pueblo y éste acepta, comprometiéndose a cumplir los mandamientos del Señor. Para celebrar esta alianza, por medio de la cual Israel se convierte en el pueblo elegido de Dios, Moisés ofrece un sacrificio: con la mitad de la sangre de la víctima  rocía el altar, símbolo de Dios, y con la otra mitad asperja al pueblo, diciendo: “Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos”(Ex 24,8), o sea, teniendo como base las instrucciones que Dios dio a Moisés. De este modo, por medio de un sacrificio (la sangre derramada), Dios y el pueblo quedan unidos en alianza, comprometiéndose el Señor a velar por su pueblo, y éste a respetar sus mandatos.

Pero las cláusulas de la alianza, el cumplimiento de los mandatos del Señor, fueron violadas muchas veces por parte de Israel, pueblo de dura cerviz (Ex 32,9; Dt 9,13), por eso Dios anunciará por boca de los profetas una alianza nueva, que se realizará cuando el Señor cambien el corazón de piedra, símbolo de la dureza y la obstinación en el pecado, por un corazón de carne: “Mirad que llegan días en que haré una alianza nueva con Israel y con Judá… Así será la alianza que haré con Israel en el tiempo venidero: Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en su corazón, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”(cf Jer 31,31-34). Para poder llevar a cabo esta nueva alianza el Señor promete una intervención nueva, definitiva: “Os rociaré con un agua pura que os purificará, de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar. Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos y que pongáis por obra mis mandamientos… Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”(Ez 36,25-28). Esta promesa se cumplirá en Jesucristo, en su muerte y resurrección; por medio de su sangre derramada Dios instaura la alianza definitiva con los hombres, la alianza nueva y eterna, que nada la podrá ya romper, pues está sellada en la sangre del Hijo.


CON OCASIÓN DE LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
Comulgar con provecho espiritual

Si por medio de la Comunión recibimos a Cristo y participamos de su sacrificio redentor, ¿cómo hemos de acercarnos a ella? Sin duda, la disposición más importante es la interior, la que activa la fe y examina la conciencia, pues nadie puede acercarse a recibir este Santísimo Sacramento si vive apartado de Dios por el pecado. “Por consiguiente –nos advierte San Pablo- el que come del pan y bebe del cáliz del Señor sin darles su valor tendrá que responder del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el Cuerpo, se come y bebe su propia sentencia”(1Cor 11,27-29). Por eso nos  recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica que “quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar”(n. 1385).

Pero además de esta disposición fundamental que es la que nos posibilita participar con fruto de la sagrada Comunión, conviene prestar atención a la forma externa de acercarnos a comulgar. Se puede comulgar en la boca y en la mano; de ambas maneras se puede y se debe hacer con respeto y devoción. Los que comulgan en la mano deben extender la mano izquierda poniendo la derecha debajo a modo de trono para recibir al Señor, luego, una vez que el ministro deposita la Sagrada Forma en la mano, el fiel comulga con la mano derecha que hacía de trono, siempre delante del sacerdote o ministro de la comunión, nunca llevándose consigo la Sagrada Forma. Al respeto externo corresponde también hacer un gesto de veneración con una pequeña inclinación de cabeza cuando el sacerdote muestra la Sagrada Forma y dice ‘El Cuerpo de Cristo’. El que va a recibir la Comunión responde ‘Amén’, inclina la cabeza y recibe al Señor. Este ‘Amén’ es un acto de fe que equivale a confesar que el Pan que recibimos en la mano o en la boca es efectivamente el Cuerpo de Cristo. Es una profesión pública de fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, por tanto no procede decirlo casi en secreto y como a hurtadillas, sino de manera clara mirando a la Sagrada Forma que el sacerdote o el ministro de la Comunión muestra antes de depositar el Cuerpo de Cristo en la mano o en la boca del comulgante.

¿Cuáles son los frutos de la Comunión? El primero y más importante fruto de la Comunión es la unión con Cristo, tan íntima que pudo decir: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Más aún, “lo mismo que yo vivo por el Padre, que me ha enviado, también el que me come vivirá por mí”(Jn 6,56s). Así, por la Comunión el cristiano participa de la vida de Cristo, y por él de la vida misma del Padre. Recuerda el siervo de Dios Juan Pablo II que “cuando los discípulos de Emaús le pidieron que se quedara ‘con’ ellos, Jesús contestó con un don mucho mayor. Mediante el sacramento de la Eucaristía encontró el modo de quedarse ‘en’ ellos. Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. ‘Permaneced en mí, y yo en vosotros’. Esta relación de íntima y recíproca ‘permanencia’ nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra… Se nos da la comunión eucarística para ‘saciarnos’ de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el cielo”.

Así como la vida del cuerpo sólo puede sostenerse por el alimento que ingerimos todos los días, de igual modo la vida del espíritu, o sea, la vida de Dios en nosotros, se mantiene viva por el Pan vivo bajado del cielo. Lo que es el pan material para el cuerpo, lo es Cristo, Pan celestial, para el alma; la vida cristiana crece y se fortalece por la comunión en el Cuerpo y en la Sangre del Señor.

Un segundo fruto de la comunión tiene que ver con la superación del pecado. El Catecismo de la Iglesia Católica se complace en la comparación con el alimento material: “Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse”. Por eso, “cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad” por la comunión, más fuerzas tendremos para resistir al pecado que nos acecha (n. 1394).

Por medio de la Comunión, en tercer lugar, nos adentramos en el corazón de la Iglesia: los que comulgan el Cuerpo sacramental de Cristo participando del mismo Pan tienen que unirse estrechamente para formar el Cuerpo eclesial del Señor: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”(1Cor 10,17). La edificación del Cuerpo eclesial del Señor es el fruto de la participación de su Cuerpo eucarístico. Así en la Plegaria eucarística II: “Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”. Y en la Plegaria III la Iglesia ora “para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu”. También en la Plegaria IV se recoge la misma petición: “Concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria”. La obra del Espíritu Santo es congregar en un solo cuerpo (Cuerpo eclesial de Cristo) a los que participan del mismo pan (Cuerpo sacramental de Cristo). Esta es la mejor alabanza del Padre, porque de ese modo la obra de Cristo alcanza su plenitud: la humanidad redimida, la Iglesia, entregada al Padre “por Cristo, con él y en él, en la unidad del Espíritu Santo”.

Otro fruto importante de la comunión se refiere a la íntima y necesaria relación entre Eucaristía y caridad. Como afirma el Catecismo, “para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre del Señor entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos”(n.1397). Y cita este expresivo texto de San Juan Crisóstomo: “Has gustado el Cuerpo de Cristo y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aun así, no te has hecho más misericordioso”. Porque si no logramos reconocer a Cristo en los pobres, con los que él se identifica, será muy difícil que lo reconozcamos realmente presente en un trozo de pan y en un poco de vino. Tan importante es este asunto que el Papa Juan Pablo II, en la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, se detiene en él: “Hay otro punto aún sobre el que quisiera llamar la atención, porque en él se refleja en gran parte la autenticidad de la participación en la Eucaristía celebrada en la comunidad: se trata de su impulso para un compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna… Pienso en el drama del hambre que atormenta a cientos de millones de seres humanos, en las enfermedades que flagelan a los países en desarrollo, en la soledad de los ancianos, la desazón de los parados, el trasiego de los emigrantes. Se trata de males que, si bien en diversa medida, afectan también a las regiones más opulentas. No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (cf Jn 13,35; Mt 25,31-46). En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas”(n.28). Es difícil decirlo con mayor claridad: sin caridad no hay Cena del Señor. Ya se lo dijo el Apóstol a los corintios que comían y bebían desatendiendo a los pobres y luego se sentaban a la mesa del Señor: “Eso no es celebrar la Cena del Señor”(1Cor 11).

De la Eucaristía brota la fuerza para hacer un mundo mejor

Si la Eucaristía es un anticipo de la vida eterna, ¿significa eso que tenemos que estar ahí plantados mirando al cielo a verlas venir? ¿O no será que precisamente de la Eucaristía la Iglesia saca las fuerzas necesarias para la misión, para cumplir el mandato de Jesús de ir al mundo entero a predicar el evangelio? La participación en la Eucaristía, ¿nos distrae la atención de la construcción de la ciudad terrena?, ¿no nos encierra en un mundo ficticio al margen de los problemas de los hombres? Todo lo contrario: la tensión hacia la vida eterna que encierra en sí el sacramento de la Eucaristía sólo tiene sentido si nos lleva a ser “luz del mundo y sal de la tierra”(Mt 5), es decir, si nos impulsa a trabajar por la transformación de este mundo de manera que en él se haga presente el reino de Dios anunciado y encarnado por Jesús, con las actitudes y modos con que Él lo anunció e hizo presente, o sea, según el proyecto de acción y compromiso esbozado en las Bienaventuranzas. Afirma el Papa Juan Pablo II en su encíclica sobre la Eucaristía: “Deseo recalcarlo con fuerza al principio del nuevo milenio, para que los cristianos se sientan más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del Evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios”. Este mundo según el designio de Dios está hoy amenazado por la presencia de numerosos factores negativos que tienen su raíz y origen en la injusticia, causa de la opresión y explotación de unos hombres por otros, de unos pueblos por otros. De la injusticia brota como de su fuente el ansia desmedida de poder y dinero que desencadenan otros males terribles como la guerra, el tráfico de armas, de drogas, de seres humanos, la explotación sexual de mujeres y niños. El terrorismo es una cruel expresión de un mundo sin Dios o de una imagen pervertida de Dios, que es todavía peor. El hambre que afecta a millones de seres humanos, junto con las enfermedades que de esta plaga se derivan, es un claro signo de que el reino anunciado por Jesús está todavía lejos del corazón de la humanidad. La transformación de un mundo así sólo puede venir de la fuerza de la redención que se hace presente en la celebración de la Eucaristía. Ella es, como afirma el Concilio, la fuente y la cumbre de la que parten y a la que tienden todas las acciones y actividades de la Iglesia (SC 10 ).

En la Carta apostólica Mane nobiscum Domine recoge el Papa Juan Pablo II todas estas inquietudes y peligros que se ciernen sobre la humanidad en los inicios del tercer milenio, por eso urge a la Iglesia a tomar en serio el impulso misionero que surge de la Eucaristía: “Los dos discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor, ‘se levantaron al momento’(Lc 24,33) para ir a comunicar lo que habían visto y oído. Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su Cuerpo y Sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio… [San Pablo] relaciona íntimamente el banquete y el anuncio: entrar en comunión con Cristo en el memorial de la Pascua significa experimentar al mismo tiempo el deber de ser misioneros del acontecimiento actualizado en el rito. La despedida al finalizar la Misa es como una consigna que impulsa al cristiano a comprometerse en la propagación del Evangelio y en la animación cristiana de la sociedad”(n. 24). Si lo que celebramos en la Eucaristía queda dentro de nosotros entre las cuatro paredes de la iglesia, si no es impulso para el compromiso y el testimonio evangélico, quiere decir que no hemos experimentado al Señor ni hemos participado realmente de su salvación, aunque nos hayamos acercado a recibir la Comunión. Más aún, comulgar a Cristo sin que se encienda en nosotros el amor a Él y por Él a los hombres y mujeres en los que Él se hace presente (de un modo particular, en los más pobres, en los marginados, en los perseguidos) es un serio interrogante acerca de la fe con que le recibimos en la Comunión. Pues no hay que olvidar que en la Última Cena, junto con la institución de la Eucaristía, y como dando sentido a este rito, Jesús lavó los pies a sus discípulos, y si en el primer caso les mandó que hicieran lo que Él había hecho, partir el pan y pasar la copa, en memoria suya, de su pasión y muerte, en el lavatorio de los pies también nos dejó un mandato: “Os he dado ejemplo para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros”(Jn 13,15). Por tanto, cuando el sacerdote, o el diácono, nos despide al final de la Misa “Podéis ir en paz”, el único modo de realizar este deseo es precisamente trabajando por la paz, luchando contra la injusticia, poniendo en práctica el mandato de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,34-35).


PARA COMPRENDER Y CELEBRAR EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

Dios Padre misericordioso: celebración del perdón

El miste­rio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor es el centro y cima de todo lo que cele­bramos a lo largo del año, pues, como enseña el Catecismo, “en la litur­gia, la Iglesia celebra prin­cipal­mente el misterio pas­cual por el que Cristo realizó la obra de nuestra salva­ción”(Catecismo, n. 1067). Así, pues, el horizonte que nos envuelve y en el que estamos inmersos lo constituye la histo­ria de la salva­ción; nosotros leemos la historia, nuestra historia, desde Dios, porque él no nos deja de su mano, porque él -después de poner en marcha el mundo y la Iglesia- no se ha retirado a su Olimpo particular, porque su provi­dencia guía la historia y la pe­netra desde dentro, aunque las más de las veces los salien­tes de esta historia sean negati­vos, marcados por la injusti­cia y el pecado. Pero, con todo, tenemos que afirmar que el horizonte que nos sostiene y da sentido a nuestra vida es esta historia de salva­ción, y lo que en ella celebra­mos es principalmente el misterio pas­cual, “causa de la reconci­lia­ción del hombre en su doble aspecto de liberación del pecado y de la comunión de gracia con Dios”, como se nos dice en la Exhor­tación apos­tólica Reconciliación y Peni­ten­cia según la cual, “la historia de la salvación… es la historia admi­rable de la reconcilia­ción: aquella por la que Dios, que es Padre, recon­cilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho hom­bre, engendrando de este modo una nueva familia de reconci­lia­dos”(n.7.4).

Estos son los dos elementos clave para comprender la liturgia: Dios actuando en la historia, y la expresión máxima de su actua­ción, la obra de nuestra redención, que es la gloria de Dios. Pero esto sólo se clarifica y comprende bien si damos rostro al Dios que actúa en la historia. Podemos hablar de historia de salva­ción y de su concentración máxima en el misterio pas­cual, porque el Dios que actúa es el Padre que, al llegar la pleni­tud de los tiempos, envió primero al Hijo, nacido de la Virgen María, y luego al Espíri­tu Paráclito en Pentecos­tés. En expre­sión de San Ireneo, el Hijo y el Espíritu son como las dos manos del Padre para realizar la obra de nuestra salva­ción, que empieza con la creación. Así, pues, el que actúa en esta historia es Dios, pero Dios con rostro propio, el que nos reveló Jesús; en esta historia actúa el Padre por el Hijo en el Espíritu, y su obra, el resultado de su inter­vención salvífica, es el misterio pas­cual, de modo que toda salvación procede de aquí; todos los sacramentos y sacramenta­les brotan como de su fuente del misterio pascual (SC 61), cada uno a su modo nos distri­buyen o comunican la única gra­cia, la única salvación, la que nos alcanzó Jesús con su sacrificio reden­tor.

El sacramento de la penitencia celebra de una manera particu­lar la gracia de la reconciliación; brota como todos los demás signos sacramentales, en cuanto signos de la actuación de Dios, del ‘misterio pascual’ que es la expresión suprema del amor de Dios, del amor que es Dios, y por eso el lugar mayor de la revelación del misterio trini­tario de Dios. Pero para llegar aquí es necesario acercarnos al rostro de Dios que nos pintó Jesús en el camino, es decir, en las palabras y parábo­las que nos contó para hablarnos de su Padre, y nuestro Padre. Para comprender el mensaje evangélico sobre la penitencia como expresión de la conversión y del perdón gratuito, tenemos que alzar la mirada hacia el Padre de las misericordias. Así lo plantea la Exhor­tación Reconciliación y Penitencia que en su capítulo 1 traza los rasgos de este Padre en contraste con el hijo pródigo, pues “el hombre -todo hombre- es este hijo pródigo”, y con el que se quedó en casa, pues “el hombre -todo hombre- es también este hermano mayor”(n. 5.6), para afirmar que “la reconcilia­ción es principalmente un don del Padre celes­tial” ­(n. 5).

El Ritual de la Penitencia desde el comienzo pone de relieve esta iniciativa el Padre. La voluntad salvífica universal del Padre se expresa en el envío del Hijo para reconciliar en él todas las cosas. La obra de Jesús con palabras y gestos está orientada a ofrecer a los hombres el perdón y la misericordia del Padre; su entrega a la muerte, la institución del memorial de su sacrificio redentor, el don del Espíritu después de su resurrección y la misión confiada a los apóstoles se interpre­tan en relación con el perdón de los pecados. Por eso Pedro, que había recibido el poder de las llaves (Mt 16,19), al ponerse al frente de la Iglesia el día de Pentecostés la primera palabra que pronuncia se refiere a la conversión para recibir el perdón de los pecados, cuyo signo primero y funda­mental es el bautismo: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”(Hch 2, 38). El fruto de la Pascua es la reconciliación del hombre con Dios y entre nosotros: Jesús murió “para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos”(Jn 11,52); su sangre derramada es para el perdón de los pecados, pero como don del Espíritu Santo que es quien actualiza en la historia de la salvación la obra de Cristo, el misterio pas­cual. Por eso en la tarde de pascua, Jesús da a sus discípu­los el Espí­ri­tu para el perdón de los pecados: “Recibid el Espíri­tu Santo, a quienes perdo­néis los pecados les quedan perdona­dos, a quienes se los retengáis les quedan reteni­dos” (Jn 20,22s).

Por tanto, a la hora de revitalizar este sacramento la dimen­sión teologal debería destacarse como elemento fundamental: pues como la figura y presen­cia del Dios vivo no estén claras en la vida del cristiano, como el sentido y significado de su obra salva­dora para la vida no sean perci­bidos nada más que esporá­dica­mente, es difícil hablar y trans­mitir la buena noticia que este sacramento celebra y comunica: el perdón de los pecados cometidos contra Dios, pues todos ‘alcanzan’ a Dios: “contra ti solo pequé”(Sal 50,6). De ahí la importancia que tiene plantear este asunto en el conjunto de la vida cristia­na, empezando por el Bautismo como ‘sacramento primero’ de la conversión y del perdón de los pecados, para hacer luego un examen detenido en rela­ción con la Eucaristía. El discer­nimiento que pide Pablo para acercarse a la Mesa del Señor (cf 1Cor 11,28) ha caído en desuso, porque tampoco se distingue bien qué comemos, de quién nos alimenta­mos.


PARA COMPRENDER Y CELEBRAR EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
Eucaristía y Penitencia

San Pablo resume la experiencia de su conversión y el sentido de su vida de manera lapidaria: “Para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21), porque “estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”(Gál 2,19s). Cristo es la vida del cristiano, por eso no hay que anteponer nada al amor de Cristo. Si hablamos de vida cristiana, el adjetivo aquí es el que llena de sentido y configura todo lo que somos y hacemos: ¡Jesucristo! Él es la lumbre de nuestros ojos y el aire que respiramos; él es, tiene que ser, el contenido de nuestros pensamientos y deseos; él es el centro del alma y del amor. Esta centralidad de Cristo en la vida cristiana se extiende al sacramento que nos lo hace corporalmente presen­te, realmente presente, todo él: cuerpo y alma, humanidad y divi­nidad. Y con su cuerpo se hace presente su obra, la obra de nuestra redención. Pues “cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado (1Cor 5,7), se realiza la obra de nuestra redención” (LG 3). Por eso el Concilio Vaticano II llama al ‘sacrificio eucarístico’ “fuente y cima de toda la vida cris­tiana”(LG 11), “la fuente y la cumbre de toda evangelización” (PO 5). Y esto es así porque “la sagrada Euca­ristía… contie­ne todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo”(PO 5). Por tanto, si este sacramento con­tiene a Cristo mismo, o mejor, actualiza y presencializa a Cristo en su realidad humano-divina, se puede decir que “de la Eucaristía mana hacia nosotros, como de una fuente, la gracia y con la máxima eficacia se obtiene la santificación de los hombres en Cristo y la glori­ficación de Dios, a la que tienden todas las demás obras de la Iglesia como a su fin”(SC 10). Así, pues, en el centro de la vida cristiana está Cristo: su vida entera, su persona y su obra, se concen­tran en el sacra­mento de la Eucaristía; por eso, aquí está la fuente y el término del vivir en Cristo, que ha de configurarse euca­rísticamente para alabanza de la Santísima Trini­dad. Porque si la Eucaristía ocupa el centro de la vida cris­tiana, preci­sa­mente porque es el sacra­mento de la presen­cia real de Cristo como víctima pascual, entonces la vida cristiana ha de confi­gu­rarse eucarís­ticamente. La Eucaristía tiene que marcar, orien­tar y transfi­gurar desde dentro toda la vida del cristia­no.

La celebración de la Eucaristía nos recuerda el sentido, la razón de ser y el motivo de este sacramento: el cuerpo entre­gado y la sangre derramada es “para el perdón de los peca­dos”(Mt 26, 28). La pasión y muerte de Cristo que revivimos y actua­lizamos en cada Eucaristía, es por nuestros pecados. Por eso aquella muerte es un sacrificio agradable a Dios. No pudo ser agrada­ble el sacrificio del Hijo sino porque en esa muerte y por medio de ella Dios nos reconcilió consigo. Como nos enseña san Pablo: “Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconci­liación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta los pecados de los hombres”(2 Cor 5,18s). Y Dios sigue reconciliando al mundo consigo cada vez que hacemos memoria y celebramos el sacrificio del Hijo. Toda celebración de la Misa es para el perdón de los pecados. Más aún: la Eucaristía es la fuente del perdón de los pecados, porque es el sacramento de la entrega de Cristo, de su sacri­ficio reden­tor. Y por eso, el Concilio nos dice que “la gracia divina… emana del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, de quien reciben toda su eficacia salvífica todos los sacramentos y sacramentales” de la Iglesia (SC 61). Según esto, los siete sacramentos confieren la gra­cia, y si dan la gracia perdonan los pecados, la gracia que brota del miste­rio pascual, del sacrificio de Cristo para el perdón de los pecados. Pero el sacramento que contiene todo el bien de la Igle­sia, porque contiene a Cristo mismo, pan vivo para la vida del mundo, este sacramento, la Eucaristía, que es la fuente de la gracia, será también la fuente del perdón y de la reconcilia­ción. Todos los demás sacramentos beben de aquí; el perdón de los pecados que se nos regala en el bautismo y en la peniten­cia brota de aquí: del sacrificio redentor de Cristo por medio del cual el Padre nos reconcilió consigo. Y este sacrificio se actualiza ince­sante­mente cada vez que celebramos el memorial de su entrega en la Eucaristía. Y por eso en cada celebración se nos ofrece, como la vez primera, el perdón de los pecados, la gracia de la redención. Es muy importante caer en la cuenta de que en la Eucaristía se actualiza la obra de la redención, de modo que al participar en ella activa, piado­sa y conscientemente (cf SC 14.19.21 etc), participamos del miste­rio de la reden­ción, entramos en el ámbito de su influen­cia, somos realmente redimidos.

La muerte redentora de Cristo que celebramos en la Eucaristía tiene que ver con el pecado. Ahora bien, ¿qué pasa cuando la noción y la experiencia del pecado entran en crisis? Tendrá que repercutir negativamente en la comprensión y vivencia de la Eucaristía. Y, efectivamente, al perderse de vista y di­luirse la conciencia de pecado, la Eucaristía se trivializa, no se comprende ya su verdadero sentido, y para mantener la convocatoria hay que hacerla entreteni­da, variada, teatral. Esto, en relación con los niños y jóve­nes, es técnica habi­tual, pero al no ir al fondo, es decir, al no afrontar en serio la problemática del pecado, la Eucaristía acaba por aburrir, por no decir nada y, en consecuencia, por ser masiva­mente abandonada. La noción de pecado hace tiempo que entró en crisis. Cada vez nos resulta más difícil recono­cer nuestros pecados, sencillamente porque no los conocemos. Así lo cons­tata el Papa: “Al hombre contemporáneo parece que le cuesta más que nunca reconocer los propios errores y deci­dir volver sobre sus pasos para reemprender el camino después de haber rectificado la marcha; parece muy reacio a decir me arrepien­to…; parece rechazar instintivamente… todo lo que es penitencia en el sentido del sacrificio aceptado y practi­cado para la corrección del pecado”(Reconciliación y Peniten­cia, 26).


PARA COMPRENDER Y CELEBRAR EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

Pérdida del sentido del pecado

Por todas partes se está extendiendo una cierta nivelación de la conciencia moral. El ambiente que nos rodea y que respira­mos ha difuminado de tal modo los valores morales, haciéndonos ver que no son tales ni merece la pena acomodarnos a ellos, que uno siente también dificultad para trazar la línea divisoria entre el bien y el mal. Esta ambigüedad es tan profunda y está calando tan hondo en la sociedad que las dos encíclicas de temática moral de Juan Pablo II, Veritatis Splendor (6-8-1993) y Evangelium Vitae (25-3-1995), denuncian con fuerza esta confu­sión. En la primera pedía el Papa que “no sólo en la sociedad civil sino incluso dentro de las mismas comuni­dades eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de los indivi­duos y de las comuni­dades”(n. 93). Y en la segunda encíclica mencionada advertía Juan Pablo II: “La concien­cia moral, tanto individual como so­cial, está hoy sometida, a causa también del fuerte influjo de muchos medios de comunica­ción social, a un peligro gravísi­mo y mortal, el de la confu­sión entre el bien y el mal en relación con el mismo derecho fundamental a la vida” (n.24). Más adelan­te, hablando de la aceptación social y legal del aborto dice que “es señal evi­dente de una peligrosí­sima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida”(n. 58).

El peligro mortal está ahí y nos acecha continuamente: se difumina la conciencia moral y con ella, la conciencia de pecado. Que se trata de una crisis seria es algo que salta a la vista. Pues si el pecado pierde relevancia se viene abajo la ‘his­toria de la salvación’ con todo lo que ella significa: la intervención salvífica de Dios en favor nuestro desde la creación a la redención. Si el pecado ya no es valorado en su importancia y gravedad, es difícil valorar y apreciar la misión del Hijo, su obra de salvación, su muerte redentora. Si el pecado pierde sentido, ¿qué sentido van a tener los sacra­mentos, y, entre todos, el sacramento de la penitencia? Y si ya no se entiende el pecado, ¿cómo se va a entender la gracia? Si se vive en pecado sin remordimiento, sin darle mayor impor­tancia, ¿cómo se va a añorar o echar en falta la vida de la gracia? Vivir en gracia de Dios resulta para muchos hoy un lenguaje incomprensible.

La pérdida del sentido del pecado está íntimamente ligada al oscurecimiento de Dios en la conciencia. Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Reconciliación y Penitencia se refiere a “la progresiva atenuación del sentido del pecado debido precisamente a la crisis de la conciencia y del sentido de Dios”(n. 18). El pecado es un concepto teológico; todo pecado, toda injusticia, todo atropello cometido por el hombre se refiere a Dios, afecta a Dios, aunque a primera vista sea un crimen directamente cometido contra el prójimo. Ahora bien, en la medida en que Dios se aleja o se expul­sa de la conciencia, de la vida, de los proyectos, de las actividades, en esa misma medida la conciencia de pecado se va debilitando hasta desapa­recer. Y en esa misma medida cada uno se hace ley para sí mismo, con lo que la norma moral objetiva, como expresión de la voluntad salvífica de Dios, deja de ser orientadora de la conducta humana: pues “pecar es también vivir como si Dios no existiera, es borrarlo de la propia exis­tencia diaria”(Recon­ciliación y Penitencia, n. 18).

El anuncio del Dios bueno y de la Buena Noticia del Reino, la experiencia teologal a través del camino de la oración, del silencio, de la contemplación, será el modo de mostrar y percibir lo que nos aleja de él, lo que impide u obstaculiza la comunión plena con él. Mostrando el rostro de Dios miseri­cordioso, su amor infinito por el hombre, su paciencia inalte­rable con los pecadores, puede salir a la luz el pecado en cualquiera de sus formas o expresiones que anida en el cora­zón del hombre. “El misterio de la infinita piedad de Dios hacia nosotros es capaz de penetrar hasta las raíces más escondidas de nuestra iniquidad, para suscitar en el alma un movimiento de conversión, redimirla e impulsarla hacia la reconcilia­ción”(Reconciliación y Penitencia, n. 20). Así, pues, el hombre pecador, al confrontarse con el amor divino que se refle­ja en el rostro del Crucificado, puede descubrir y repu­diar sus propias mise­rias, sus egoísmos, su insinceridad, su hipocre­sía, su vani­dad. Todos los recovecos del alma se ilumi­nan contemplando al que traspasaron (cf Jn 19,37). El pecado como falta de amor, como rutina y tibieza, como falta de correspondencia sólo se toma en serio cuando tomamos en serio a Dios, quién es y lo que ha hecho por nosotros: “me amó y se entregó por mí”(Gál 2, 20).


CELEBRAR EL MISTERIO DE DIOS
Desde una religiosidad evangelizada

Todo el mundo está de acuerdo en que la religiosidad popu­lar es un bien, un tesoro que debe ser respetado, protegido y promocio­na­do. Ella expre­sa y traduce el alma religiosa de un pueblo, su experiencia de Dios en la sucesión de los tiempos. ¿Quién puede oponerse a que las gentes den cauce libre a sus sentimientos religiosos, a su fe encarnada en variadas tradi­ciones, estratifi­cadas a lo largo de los siglos, a los distin­tos modos de ser y de sentir el misterio inefa­ble e insondable de Dios? Realmente, la religiosidad es un filón inagotable, una cantera valiosísima de experiencias religiosas nacidas del corazón del pueblo y acomodadas a su sensibilidad. El pueblo proyecta, en sus símbolos religiosos, así como en las fiestas que los celebran, los anhelos de su alma, las esperanzas que mueven su existencia, los miedos que los asaltan y los gozos que los confortan y consuelan. En la religio­sidad popular, la gente se ve refleja­da: celebra a los santos y se celebra a sí misma, entra espon­táneamente en el símbolo religioso, porque es hechura suya, su retrato, espejo de sus deseos, sufri­mien­tos, nostalgias, alegrías y penas. Esto explica la incongruencia de una solemne procesión de un Cristo crucifica­do un día de mayo, en plena celebración festi­va de la pascua; o la exaltación de la Virgen María un domingo de Pentecos­tés, desplazando casi por completo en el imaginario religioso colectivo el descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles; o que la figura de un San Antonio de Padua pueda des­plazar del interés de los fieles la celebración de la Santísi­ma Trinidad. La religiosi­dad popular no es siem­pre fina y atinada en sus jerarquías: a veces suplanta a Dios por causa de un santo; otras, el miste­rio de la presencia real de Cristo en la eucaristía se concen­tra y confunde con la proce­sión del Corpus, de modo que, asis­tiendo a ella, puede uno dispensarse el resto del año de la misa dominical, de la adoración personal y silenciosa ante el tabernáculo, y, sobre todo, puede uno pres­cindir por comple­to de la comunión sacra­mental.

La reli­gio­sidad popular es una expresión del alma religiosa del pueblo, cierto, pero, como todas las realidades cristianas, necesita también ser evangelizada. Y aquí está la madre del cordero: muchas tradiciones religiosas, algunas supuestamente religio­sas, se resisten a ser evangelizadas. Como llevan siglos funcionando con un itinerario fijo, en un día determi­nado, con trajes y danzas sacra­lizados, creen que la religión es eso, y nada más que eso, de modo que si se preten­de alguna modificación, algún ajuste a la realidad actual, se pone el grito en el cielo. La religiosidad popular es sagrada, pero no tanto que no admita ser evangeli­zada. Hubo un tiempo en que la religiosidad popu­lar se estan­có de tal manera que ya no parecía encajar en el mundo moderno y estuvo a punto de desaparecer en el torbellino secularizador de la ciencia y la técnica. Pero hete aquí que, de pronto, resur­ge de las cenizas, de la mano de antropó­logos de varia especie y competencia, con el apoyo de la triunfante ideología de la cultu­ra. Porque, tras el hundimiento de las ideologías, la antorcha del espíritu progresista se encendió en el altar de la cultura. El concepto de ‘cultura’ abarca, tanto Las Meninas de Veláz­quez,  La Novena Sinfonía de Beetho­ven, La Acrópo­lis de Atenas y El Quijote de Cervantes, como los objetos rituales de los grupos indígenas del Amazo­nas y el vocabulario de los hispanohablantes de los subur­bios. Con el apelativo de ‘cultura’ todo se enno­blece y todo vale; también las expresiones religiosas. De repente, ciudades y pueblos que no tenían determinadas tradi­ciones religiosas, como los desfiles procesio­nales, empiezan a salir a la calle y de año en año sienten más cerca el éxito de la empresa. Ahora, ya han conseguido la meta: sus desfiles han sido declarados de interés turístico nacional. La religiosidad popular se convierte en un buen negocio: colaboran todos -bares, restaurantes, hoteles, hasta la delega­ción de turismo-. No importa que la expresión religiosa sea cada vez más artifi­cial y vacía, en el fondo no interesa que los cofrades tengan o no fe, sean o no cristianos practicantes, lo que importa, lo que concita el interés y los ánimos es el negocio: que el desfile dé y atraiga el dinero a la ciudad, al pueblo, a la ermita.

La religiosidad popular es algo digno de estima y de la más alta veneración, porque en sus raíces hay un deseo de Dios, un camino hacia Dios, sobre todo, cuando el camino real de la liturgia fue, en la práctica, vedado al común de los fieles. Pero la religiosi­dad popular, si quiere sobrevivir como tal religiosi­dad, como expresión y vivencia de la fe, tiene que dejarse evangelizar. La religión, la fe, se encarna del todo cuando se hace cultura, cuando se expresa en las distintas culturas; pero si se di­suelve la fe en determinadas formas de cultura que, posteriormente, se mercantilizan, entonces la fe desaparece, sirve sólo de adorno, es un puro pretexto para la fiesta profana y pagana. Este riesgo amenaza hoy seriamente a la religiosidad popular, que, si no está atenta y pone remedio, puede fácilmente ser convertida en puro instrumento del comercio y la política municipal. La religiosidad popular, para ser tal, tiene que ser permanentemente evangelizada; sólo así será un camino útil, provechoso, fecundo del pueblo hacia Dios. La nueva evangelización tiene que alcanzar también a la religiosidad popular.


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