Cuerpo y Sangre de Cristo que transforma nuestro corazón

Querida Familia Minutos de Amor, iniciamos este mes de junio con el gozo de continuar fortaleciendo nuestra fe mediante el conocimiento de la Persona de Jesucristo, que en sus divinos misterios nos invita a entrar en intimidad profunda con Él en la Sagrada Eucaristía, para fortalecernos con su Presencia y sus innumerables dones. 

En esta ocasión, queremos resaltar particularmente la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, conocida históricamente por su nombre en latín: «Corpus Christi». En esta sublime Solemnidad, exaltamos la Presencia Real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía: su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Tradicionalmente, esta Solemnidad se celebra el jueves después de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, como prolongación del Jueves Santo, cuando Jesús en su Última Cena con los discípulos, se hace Pan para alimentar a sus hermanos y con su Sangre redentora sella la Nueva Alianza entre Dios y la humanidad.  No obstante, en algunos países como Colombia, esta Solemnidad ha sido trasladada al domingo siguiente para adaptarla al calendario laboral.

En las circunstancias actuales, donde nuestras parroquias continúan restringiendo el ingreso a los templos y la dinámica de las celebraciones deben ser más moderadas, no podemos perder la mística de la Solemnidad. Es preciso continuar ahondando en la experiencia de fe que celebramos y preparar debidamente nuestra vida y, sobre todo, nuestro corazón para alabar, bendecir y adorar a Jesús Sacramentado desde la intimidad de nuestros hogares. Recordemos que, junto con el misterio del Pan y el Vino, también celebramos el don de la comunidad, cuerpo místico de Cristo.

De este modo, la Presencia real de Jesús en la Eucaristía renueva una y otra vez el misterio de la Encarnación del Verbo. Meditemos pues, que, si la fuerza de la Palabra de Dios, contenida en el anuncio del ángel Gabriel, permitió que el Espíritu Santo obrara, y de este modo fuera posible la Encarnación de Jesús en el seno de María; de la misma manera, la unción del Espíritu Santo está detrás de las palabras que el sacerdote pronuncia durante la consagración, mediante las cuales hace posible el milagro de la Transustanciación, donde Jesús se hace Carne y Sangre en las especies del vino y el pan, haciéndonos partícipes de su divinidad para compartir con Él el gozo de la vida eterna. De esta manera, nosotros, particularmente y como Iglesia, somos transformados por la gracia Eucarística y nos hacemos reflejo de Jesús vivo y presente en nuestro mundo.

De acuerdo a lo anterior, en la Eucaristía también contemplamos la unión de los Sagrados Corazones de Jesús y María, puesto que el amor donado del Señor a la humanidad es reflejo de la entrega que hizo María de su propia vida a Dios; por tanto, los corazones de madre e Hijo, laten al unísono en alabanza a Dios y en compromiso radical, de una entrega total al servicio de la humanidad.

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