EN ESPERA DE LA PAZ ABUNDANTE
Hoy iniciamos la etapa de las ferias privilegiadas del Tiempo de Adviento, para disponer nuestro corazón para la venida del Niño Jesús al pesebre. La primera parte nos preparó para Su regreso a la tierra el día de la Parusía, mientras esta segunda parte es más festiva, aunque seguimos purificando nuestro corazón. Esta preparación es de carácter comunitario y eclesial; además, somos bendecidos por ver lo que no vieron los patriarcas ni los profetas. Después de nosotros, vendrán otros creyentes que verán cosas que no alcanzaremos a ver, pero eso no es para que nos dé envidia; al contrario, es para que aceptemos que tenemos que colaborar, con el mayor amor posible, en la construcción de un futuro mejor. La promesa de esperanza que Dios dio a Israel se hace realidad poco a poco, pero no puede ser reducida a un pueblo pequeño, sino que es una luz y una paz que tiene que llegar a cada corazón. Ayer hablábamos de la necesidad de dar testimonio en nuestros hogares; hoy meditamos sobre los frutos que podemos obtener. Una familia cimentada en el amor de Dios está destinada a la felicidad; si enseñamos a nuestros hijos la alegría del amor de Dios, les estamos mostrando cómo ver su Rostro en todo lo que se les presente, especialmente en los más necesitados. Hermanos, tengamos en cuenta que el Adviento es el tiempo de la esperanza, esta es la virtud que estamos llamados a perfeccionar y a fortalecer en nuestras familias. Sabemos que, si colocamos nuestra vida en las manos de Dios, todo estará bien. Reunirnos para rezar la novena junto al pesebre es una oportunidad de orar y cantar en familia, de reforzar la unidad de nuestra comunidad.






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