Un signo de esperanza para Bojayá: Iglesia conmemoró 24 años de la masacre con la consagración de la custodia del “Cristo Mutilado”

La jornada, convocada por la Diócesis de Quibdó y la Fundación Pontificia ACN Colombia, reunió a comunidades afro e indígenas del Chocó en actos de memoria, oración y reconciliación.


Han pasado 24 años desde la masacre de Bojayá, una de las tragedias humanitarias más dolorosas que ha dejado el conflicto armado colombiano. Sin embargo, en las orillas del río Atrato, la memoria permanece viva y las comunidades continúan resistiendo desde la fe.


Este 2 y 3 de mayo de 2026, en el marco de la conmemoración de esta tragedia, la Diócesis de Quibdó y la Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN Colombia) convocaron una jornada de reconciliación y memoria con actividades en Bellavista (Bojayá) y en Quibdó, marcada por un profundo sentido espiritual, comunitario y pastoral.


El acto central fue la consagración de una nueva custodia eucarística inspirada en la emblemática figura del “Cristo Mutilado”, la imagen religiosa que sobrevivió a la explosión ocurrida el 2 de mayo de 2002, cuando un cilindro bomba lanzado por la entonces guerrilla de las Farc impactó la Iglesia donde centenares de civiles buscaban refugio en medio de enfrentamientos armados. La masacre dejó 119 personas muertas, entre ellas, 48 niños.

La celebración litúrgica central se llevó a cabo en ese mismo lugar, el templo San Pablo Apóstol, reconstruido años atrás con el apoyo de ACN Colombia.


Un Cristo herido, convertido en signo de esperanza


La nueva custodia, elaborada por un orfebre colombiano, conserva la figura herida del “emblemático crucificado” y ubica en el centro de su pecho el viril que contiene la Eucaristía.


Para la Iglesia, este signo busca acompañar espiritualmente a las comunidades que han sufrido el impacto de la violencia, así como  reafirmar un mensaje de reconciliación, consuelo y esperanza para el Pacífico colombiano.


“La iniciativa busca visibilizar la fe y la resistencia de las comunidades en medio del sufrimiento, enviando un mensaje claro al país: la promoción de la reconciliación y el acompañamiento a las poblaciones más alejadas sigue siendo una prioridad”, expresaron los organizadores.


Durante la conmemoración, monseñor Wiston Mosquera Moreno, obispo de Quibdó, describió la presencia de la Iglesia antes, durante y después de la tragedia:


“La Iglesia ha estado ahí siempre acompañando a las poblaciones, a las comunidades y por eso hay una máxima entre nosotros: el último en salir regularmente de una población es el sacerdote acompañando a su comunidad y eso fue lo que sucedió ese día”.


Una jornada de fe y la memoria de las víctimas


La jornada inició con una multitudinaria procesión fluvial por el río Atrato y por las calles de Bellavista. Entre cantos tradicionales afrocolombianos (alabaos) y oraciones, las comunidades acompañaron al Cristo Mutilado hasta el lugar de la tragedia.


La procesión pasó por el mausoleo que hoy guarda los restos y recuerdos de muchas de las víctimas, incluidos niños que no alcanzaron a nacer.


El padre Johnny Milton Córdoba, director de Pastoral Social de la Diócesis de Quibdó, destacó el profundo significado espiritual y comunitario de estos actos de memoria:


“Cada vez que venimos acá también es una forma de hacer una pequeña catarsis para que la gente pueda quizás ir poco a poco avanzando en el poder perdonar”.


La conmemoración reunió a comunidades afro e indígenas, líderes sociales, agentes pastorales y representantes de distintas instituciones que acompañan históricamente a las poblaciones del Chocó.


Una vigilia por la reconciliación en Quibdó


Tras los actos en Bojayá, la custodia fue trasladada hasta Quibdó, capital del departamento, donde se celebró una Vigilia de Adoración por la Reconciliación presidida por el obispo de la diócesis.


Durante esta celebración, los fieles elevaron oraciones por las víctimas del conflicto armado, por las comunidades que continúan sufriendo desplazamientos y confinamientos, y por la paz en Colombia.


“Fue un encuentro con Cristo vivo, con Cristo mutilado, pero que está presente en nosotros”, expresó Carmen Inés Rentería, una de las participantes.


Por su parte, Luz Mercedes Mosquera afirmó:


“Fue un momento de reflexión, restauración y perdón…solamente le pido al Señor que nos siga restaurando y que nos enseñe a caminar con esos brazos y esos pies que a Él le faltan”.


Conmemoración en medio de una violencia que persiste


La conmemoración de este año ocurre además en un contexto especialmente complejo para el Chocó. Pese al acuerdo de paz firmado con las antiguas Farc en 2016, distintas comunidades del Pacífico continúan afectadas por la presencia de grupos ilegales, los desplazamientos forzados y las restricciones a la movilidad.


Frente a esta realidad, la Iglesia ha insistido en la necesidad de fortalecer la presencia institucional, proteger a las comunidades y garantizar verdad, justicia, reparación y no repetición.


“Todos los territorios que han sido tomados por los grupos al margen de la ley han estado de espaldas al Estado colombiano”, advirtió monseñor Mosquera Moreno durante la jornada.


ACN Colombia y la misión de acompañar a la Iglesia que sufre


La Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN) acompaña a comunidades católicas necesitadas, perseguidas o afectadas por la violencia en distintos países del mundo.


En Colombia, ACN ha apoyado históricamente procesos pastorales, humanitarios y de reconstrucción eclesial en territorios marcados por el conflicto armado, entre ellos Bojayá.


La directora ejecutiva de ACN Colombia, María Inés Espinosa Calle, explicó lo que significó esta jornada para la fundación pontificia:


“Puede ser que el evento de Bojayá no haya sido un acto en contra de la religión propiamente, pero la gente se fue a a a meter en esta Iglesia como un sitio seguro, en donde pensaban que nada les podía pasar y pasaron por encima de ese lugar sagrado y allí mandaron este ataque que acabó con la vida de estas 119 personas. Es la razón por la cual nosotros queremos servir y acompañar a la Iglesia que está en necesidad en nuestro país.”


Hoy, la Iglesia espera que la custodia del Cristo Mutilado se convierta en un signo de resistencia espiritual para las comunidades del Pacífico colombiano, que continúan clamando por el fin de la violencia y una presencia del Estado que los defienda y dignifique. 

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