MARÍA, MADRE CERCANA, PROTECTORA Y GUÍA EN EL CAMINO DE LA FE

Apreciados lectores, el mes de julio se abre ante la Iglesia como un tiempo profundamente misionero, en el que la Liturgia nos invita a caminar con el corazón dispuesto a escuchar y a anunciar. En pleno Tiempo Ordinario, descubrimos que lo cotidiano es el lugar donde Dios se revela con mayor claridad. Cada Evangelio dominical se convierte en una escuela de discipulado, donde el Señor nos enseña a vivir con profundidad lo sencillo, a encontrar sentido en lo diario y a reconocer su Presencia en medio de nuestra historia.

Este mes se reviste de una especial ternura mariana con dos celebraciones profundamente arraigadas en la fe de nuestro pueblo: la fiesta de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá, patrona de Colombia, y la memoria de la Virgen del Carmen. En ellas contemplamos a María como madre cercana, protectora y guía en el camino de la fe. Bajo el escapulario del Carmen, muchos fieles renuevan su confianza en su protección; y en Chiquinquirá, corazón espiritual de Colombia, el pueblo encuentra consuelo, identidad y esperanza. La Santísima Virgen María nos invita a hacer lo que Él nos diga (cf. Jn 2,5).

Junto a esta Presencia materna, la Liturgia nos presenta también a grandes testigos del Evangelio como Santiago el Mayor, Tomás Apóstol y María Magdalena, quienes, desde sus propias historias, nos muestran caminos diversos de encuentro con el Señor. Los Evangelios de este mes nos llevan a profundizar en la oración confiada, en la escucha atenta de la Palabra y en la vivencia concreta del amor. En un mundo marcado por la prisa y la incertidumbre, el Señor nos enseña a detenernos, a discernir y a confiar en la Providencia divina.

Que este mes nos lleve a encontrarnos con Cristo a través de su Palabra y a contemplar la vida de los santos y la Presencia amorosa de la Virgen María, para renovar nuestro compromiso como discípulos misioneros. Que, como Ella, sepamos acoger y custodiar la Palabra; como los apóstoles, anunciarla con valentía; y como el pueblo creyente, vivirla con esperanza, porque el Evangelio no es solo un mensaje que se escucha, sino una vida que se encarna y se comparte.

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